Tribunal Permanente de los Pueblos sobre Impunidad
Tribunales en América Latina - 2
1989-1991
Junio de 1995
En el segundo informe elaborado por los expertos designados por la ONU
para estudiar el problema de la impunidad, presentado ante la Subcomisión
de lucha contra la Discriminación y de Protección de Minorías,
en agosto de 1993 (Doc.: E/CN.4/Sub.2/1993) se resaltaba el papel que
ha jugado la sociedad civil en la evolución de los medios jurídicos
de lucha contra la impunidad.
Dicho documento señalaba, entre los caminos
que han contribuido a la evolución del Derecho en ese campo:
los tribunales de opinión; el recurso a las instancias internacionales
y el desarrollo de las organizaciones de las víctimas.
Entre los tribunales de opinión, mencionaba
concretamente la sesión del Tribunal Permanente de los Pueblos,
que se desarrolló en 12 países de América Latina,
entre 1989 y 1991, sobre la Impunidad de los Crímenes de Lesa
Humanidad en América Latina.
Los organizadores de este Encuentro de FIACAT me han
solicitado fraternalmente que comparta con ustedes esa experiencia,
ya que me correspondió actuar como secretario del Tribunal para
esa sesión. Muchas personas y grupos que participamos en la organización
de esa sesión del Tribunal estamos convencidos de que esa experiencia
fue muy enriquecedora y de que la misma contribuyó a destacar
la problemática de la impunidad, que muy pronto fue avocada por
la Organización de Naciones Unidas y llevada a muchos foros internacionales,
pues traduce el clamor de muchos pueblos y sectores sociales del mundo,
que han ido tomando conciencia de la fuerza enormemente destructora
que tienen, no solo la perpetración sistemática de crímenes
contra la humanidad, sino su escandalosa impunidad. Aún más,
muchos consideramos la impunidad en que permanecen los crímenes
del pasado como el principal factor que favorece la continuidad de prácticas
sistemáticas violatorias de los derechos humanos fundamentales.
En un primer momento voy a tratar de responder a seis interrogantes
básicos, con el fin de que puedan tener una comprensión
somera de lo que fue esa experiencia del Tribunal:
-
Qué situaciones motivaron la convocatoria
del Tribunal ?
Como todos ustedes lo saben, las décadas de los 60 y los 70
fueron de grandes convulsiones sociales y políticas en América
Latina. Casi todo el continente se vio dominado por dictaduras militares
inspiradas en la Ideología de Seguridad Nacional, donde la
violación de los derechos humanos fundamentales asumió
formas extremas, sistemáticas y masivas. Brasil, Uruguay, Argentina,
Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, El Salvador, Nicaragua, Guatemala,
Honduras, fueron casos en extremo escandalosos que conmovieron a la
comunidad internacional. Otros países, como Colombia, que conservó
formalidades democráticas, se adaptó de una manera más
sutil y por lo mismo más profunda, a la ideología de
la "Seguridad Nacional", razón por la cual hoy día
conserva niveles escandalosos de terrorismo de Estado.
En la década de los 80, la estrategia trilateral, concertada
entre los Estados Unidos de América, Europa Occidental y Japón,
implicó un propósito explícito de presionar el
cambio de los gobiernos dictatoriales de América latina por
un modelo de democracia restringida, como se la llamó en sus
documentos.
Esas democracias renacientes de los años 80 fueron adquiriendo
rasgos característicos, uno de los cuales fue la impunidad
con que quisieron cubrir los crímenes de Estado del pasado.
En 1978 el gobierno de facto de Pinochet, en Chile, emitió
una ley de amnistía para absolver a todos los agentes del régimen
que hubieran incurrido en delitos desde el golpe de Estado. Tales
leyes de amnistía e indulto se multiplicaron después:
las hubo en Brasil (1979), Guatemala (1986), Argentina (1987), El
Salvador (1987).
Según los análisis de numerosas organizaciones no gubernamentales
de derechos humanos del continente, esas democracias renacientes se
fueron revelando profundamente enfermas. En el lenguaje inquietante
del escritor uruguayo Eduardo Galeano, se llamaron democraduras, pues
combinaban los rasgos formales de democracias con el espíritu
de las dictaduras.
Se fue percibiendo, cada vez con mayor claridad, que esas sociedades
continuaban profundamente condicionadas y traumatizadas por un pasado
compulsivamente silenciado y confuso, que se erigía permanentemente
como amenaza, como condicionante ideológico y político,
como confusión moral que fusionaba, dañinamente, en
la conciencia colectiva, el crimen con el honor.
Grupos minoritarias pero de extraordinaria fuerza moral, como han
sido, por ejemplo, las Madres de Plaza de Mayo, mantuvieron en todo
el continente un cuestionamiento radical sobre la impunidad impuesta,
y subrayaron sus consecuencias profundamente destructoras de la sociedad.
Fue este clamor el que llevó a la convocatoria del Tribunal.
Desde 1987 fue avanzando un movimiento progresivo, impulsado por movimientos
humanitarios, organismos no gubernamentales de derechos humanos, organizaciones
populares, sindicales, religiosas, académicas y políticas,
que solicitaron al Tribunal Permanente de los Pueblos la convocatoria
de una sesión en la que se examinara a fondo y se enjuiciara,
desde principios éticos y jurídicos que tuvieran impacto
en la opinión pública, el flagelo de la impunidad de
los crímenes de lesa humanidad.
-
Qué es y qué carácter
tiene el Tribunal Permanente de los Pueblos?
El TPP tuvo su origen en el Tribunal Russell, convocado como
"tribual de opinión" por el filósofo inglés
Bertrand Russell en 1966, con el fin de enjuiciar las violaciones
del derecho humanitario durante la guerra del Vietnam, por parte del
gobierno de los estados Unidos y de sus aliados.
El Tribunal Russell sesionó por segunda vez entre 1974 y 1976
para enjuiciar a las dictaduras militares de América Latina.
Al finalizar esta segunda sesión, quedaron constituidos varios
organismos que asumieron la lucha por la defensa de los derechos de
los pueblos, entre ellos el Tribunal Permanente de los Pueblos, aunque
éste solo se constituyó formalmente en 1979, después
de la muerte de su inspirador, el senador italiano Lelio Basso, figura
clave en la convocatoria y la relatoría de los tribunales Russell.
Es un tribunal de carácter no gubernamental, del género
de los "tribunales de opinión". Está conformado
por cerca de 60 personalidades de diversos países del mundo,
de diversas disciplinas y diversos horizontes ideológicos.
Ha sesionado hasta el momento en más de 20 ocasiones para avocar
problemas de diversos países, de organismos internacionales
o de situaciones mundiales.
Dadas sus características, origen y composición, el
TPP es una expresión de la conciencia ética de la humanidad,
que funda su legitimidad en su fuerza moral.
-
Cómo se tipifican los Crímenes
de Lesa Humanidad?
El concepto de Crimen de Lesa Humanidad fue definido por
primera vez en el Estatuto del Tribunal Militar Internacional de Nüremberg,
creado por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial para
enjuiciar a los criminales nazis. Luego las Naciones Unidas adoptaron
los principios de Derecho Internacional de dicho Estatuto y, a través
de la Comisión de Derecho Internacional, los han ido desarrollando.
Diversos instrumentos convencionales de la ONU y de otras instancias
intergubernamentales han considerado como Crímenes de Lesa
Humanidad: el Genocidio, la Esclavitud, el Apartheid, la Tortura,
la Desaparición Forzada y la Ejecución Extrajudicial,
cuando tienen un cierto carácter sistemático; cuando
son perpetrados por agentes del Estado o por personas o grupos que
actúan con su tolerancia, aquiescencia o colaboración,
o cuando se fundan en razones o móviles políticos, ideológicos,
religiosos, raciales, étnicos o culturales (lo que fundamenta
su sistematicidad).
El Crimen de Lesa Humanidad es tal, no por violar normas positivas
de un Estado, o derechos adquiridos por personas, grupos o instituciones,
ni porque así los califique determinado código penal,
sino porque constituyen afrentas a la dignidad humana, y en cuanto
tales hieren y ofenden a la humanidad como humanidad. Ninguna "razón
de Estado" puede legitimarlos; ninguna legislación nacional
puede tolerarlos, so pena de destruir las posibilidades de convivencia
civilizada, cuya salvaguarda constituye el primer principio legitimante
de los Estados de Derecho.
-
Cómo incorporó el Tribunal,
en su trabajo, los principios jurídicos internacionales contra
la impunidad?
Esa sesión del Tribunal se apoyó en el derecho a la
justicia y recordó y explicitó las normas que deben
ser tenidas en cuenta para el enjuiciamiento de tales crímenes,
tal como han ido siendo desarrolladas por el Derecho Internacional:
la imprescriptibilidad; la responsabilidad individual independiente
de la condición o no de agente del Estado; la no legitimidad
de invocar como eximente de responsabilidad la "obediencia debida";
el no condicionamiento a que los crímenes estén tipificados
en el Derecho interno de los Estados; la jurisdicción universal;
la prohibición de amnistías e indultos para los autores
de dichos crímenes; la prohibición de calificarlos como
"delitos políticos"; la obligación de "juzgar
o extraditar" a los culpables.
Tanto los eventos y publicaciones que fueron preparando el desarrollo
de la sesiones del Tribunal en los diversos países, como las
ponencias de los expertos, los aportes de los miembros del Jurado
y la misma Sentencia, contribuyeron a difundir en América Latina
instrumentos y principios del Derecho Internacional que eran prácticamente
desconocidos en nuestros países. Gracias al Tribunal, muchos
debates fueron abiertos y se iniciaron movimientos tendientes a exigir
la aplicación de esos principios ya establecidos del Derecho
Internacional, en particular de un Derecho Penal Internacional, que
aún no está plenamente constituido, pues las Naciones
Unidas no han aprobado aún el Estatuto de un Tribunal Penal
Internacional permanente que dé aplicación a esos principios.
-
Cómo se ha legitimado la impunidad
en América Latina ?
Detrás de los comportamientos rutinarios de los gobiernos y
de los aparatos estatales, así como de las leyes de Amnistía
e Indulto que favorecen a los victimarios, se esgrime siempre, así
sea indirectamente, una "razón de Estado". En otras
palabras, se acepta que pueden existir los crímenes o que de
hecho existieron, pero se sostiene que no deben ser sancionados porque
supuestamente hay una prioridad absoluta de otro orden que exonera
de sanción a los culpables: la defensa de las instituciones.
Pero también la impunidad ha buscado legitimaciones religiosas,
a través de un recurso a mía veta reconciliatoria del
Cristianismo, desnaturalizando el valor cristiano del perdón.
Se ha querido sustraer el perdón de su ámbito propio
de las relaciones interpersonales, donde se realiza su valor cristiano
como acto creador, gratuito, libre y riesgoso, que busca superar situaciones
límite de ruptura mediante una fe activa en el ofensor, reconstruyéndolo
como hermano, y trasladar ese perdón al ámbito de las
relaciones jurídico-políticas, donde las relaciones
humanas son mediadas por estructuras en que están ausentes
las dimensiones de gratuidad, creatividad y libertad en que se nutre
esencialmente el valor del perdón.
Lamentablemente el discurso de "perdón y olvido",
asumido incluso por algunos episcopados, no hace siquiera alusión
a lo que la tradición teológica cristiana dejó
consignado en los grandes catecismos, cuando se esforzó por
traducir al ámbito de lo masivo el valor cristiano del perdón,
formulando las 5 condiciones básicas para su autenticidad:
el examen de conciencia; el arrepentimiento; el propósito de
enmienda; la confesión y la reparación del daño.
-
Cómo se desarrolló dicha
sesión del Tribunal?
Esa sesión tuvo dos grandes momentos: el primero fue la realización
de audiencias nacionales, o de instrucción del proceso en cada
país. Cada una de estas audiencias fue presidida por dos o
tres jueces designados por el Tribunal, los que en algunos países
estuvieron asistidos por personalidades respetables del mismo país.
Estas audiencias, realizadas entre noviembre de 1989 y abril de 1991,
fueron momentos de denuncia y de análisis profundos sobre los
mecanismos, causas y consecuencias de la impunidad en cada país.
Cada audiencia concluía con un Dictamen elaborado por los jueces,
en el cual se evaluaban los fundamentos de hecho y de derecho que
llevaban a remitir el caso a la sesión deliberante del Tribunal.
Las audiencias nacionales fueron impresionantes asambleas donde concurrieron
personalidades, fuerzas sindicales, políticas, populares, religiosas,
académicas, profesionales y humanitarias, y en cuyas tribunas
alternaron víctimas de horrendos crímenes de Estado
y eminentes juristas, analistas y científicos sociales.
El segundo momento fue la sesión deliberante, la cual se realizó
en Bogotá, entre el 22 y el 25 de abril de 1991. A ella asistieron
delegados de los 12 países donde habían tenido lugar
las audiencias nacionales, un grupo de expertos internacionales y
un jurado de 10 eminentes personalidades de diferentes países.
Esta sesión concluyó con la lectura de la Sentencia.
La sentencia incorporó los más importantes elementos
de análisis que fueron recogidos durante el proceso y profundizó,
además, en las causas, efectos y legitimaciones de la impunidad.
En su parte final, la Sentencia adoptó una serie de propuestas
tendientes a modificar factores que favorecen la impunidad. Esas propuestas
estaban dirigidas, tanto a la comunidad internacional, a los órganos
competentes de las Naciones Unidas y de algunos gobiernos en particular,
como a las organizaciones no gubernamentales y a ciertos estamentos
de la sociedad civil.
La Sentencia adquirió, así, las características
de un programa de acción para las próximas décadas.
Por eso, la sesión final, a la vez que era un punto de llegada,
fue también un punto de partida de una lucha más consciente
y fundamentada contra la impunidad.
El Tribunal sobre la impunidad nos ayudó a tematizar y a debatir
un problema profundamente sentido en América Latina y en muchas
otras partes del mundo.Varios órganos de las Naciones Unidas
han avanzado en el análisis y en la búsqueda de salidas
jurídicas. Por ejemplo, la Asamblea General de la ONU le ha
dado un cierto tratamiento de urgencia, en los dos últimos
años, a la discusión del Estatuto para un Tribunal Penal
Internacional permanente, así como a la discusión de
la versión final del Código de Crímenes contra
la Paz y la Seguridad de la Humanidad.
Pero hay interrogantes más de fondo que siguen siendo objeto
de debate entre nosotros y que nos replantean el problema de la impunidad,
ya no en el marco de las normas y soluciones jurídicas, sino
en el ámbito de los valores éticos universales y básicos
y en el de nuestra responsabilidad histórica.
Hay discursos encontrados; antinomias difíciles de resolver:
posiciones que se fundan en argumentos y reflexiones que tienen un
peso nada despreciable. Esos discursos y posiciones se estructuran
alrededor de polos como estos:
la memoria y el olvido ;
la sanción y el indulto;
el pasado y el futuro;
lo personal y lo social.
En los puntos de intersección de estas realidades dinámicas,
se levantan grandes, profundos y candentes interrogantes que invitan a
un discernimiento nada fácil.
Como ejemplos de esos interrogantes podría mencionar estos:
¿Es posible construir un futuro de justicia y
de solidaridad sobre la base del olvido de un pasado que destruyó
esos valores?
¿La memoria de los crímenes del pasado, puede ser obstáculo
para un proceso de reconciliación? ¿Será acaso una
fuente permanente de odios, rencores, venganzas y conflictos?
¿O será acaso esa memoria una condición necesaria
e ineludible para que los crímenes no se repitan? ¿Será
acaso esa memoria crítica lo único que estigmatiza eficazmente
los antivalores que destruyen a una sociedad?
¿Esa memoria de los crímenes del pasado, será acaso,
en las víctimas, en los victimarios y en la sociedad, una fuente
de neurosis personal; de desequilibrios psíquicos o emocionales;
o será más bien la única base para la superación
de los sufrimientos, de los traumas, huellas y heridas que dejaron los
crímenes en las estructuras personales?
¿Tiene algún valor el perdón basado sobre el olvido
o sobre una ignorancia ficticia o forzada de los crímenes y de
sus secuelas?
¿Es posible perdonar auténticamente en forma colectiva,
desde una indistinta y confusa condición de víctimas, espectadores
y cómplices?
¿Puede una sociedad superar dinamismos criminales que gozaron de
aceptación o tolerancia en sus estructuras jurídicas, políticas
o ideológicas, sin estigmatizarlos mediante la sanción y
castigo de sus responsables?
¿Puede acaso una sociedad tener identidad cultural e histórica,
mientras mantenga relaciones confusas o inhibidas con un pasado que no
ha sometido a un claro juicio ético, jurídico y político?
¿Los crímenes no sancionados del pasado no operan, acaso,
en la conciencia social, como una amenaza permanente de reiteración;
como una censura aún suspendida en el aire sobre la memoria de
las víctimas y sobre el comportamiento de quienes se identifican
con ellas; como un condicionante ideológico y político que
prohíbe recorrer los caminos que recorrieron las víctimas
o asumir sus posiciones y búsquedas, o reelaborar sus sueños
y sus utopías?
Quizás estos interrogantes sean mejor comprendidos
desde un ejemplo práctico, en el cual me he visto involucrado personalmente
desde hace varios meses:
En un pueblo de Colombia llamado Trujillo, ocurrió, entre 1988
y 1991, una masacre continuada que produjo más de 100 víctimas
fatales.
El Ejército y la Policía, apoyados económica y logísticamente
por dos ricos narcotraficantes y por un escuadrón de sicarios rentados,
asesinaron a pequeños delincuentes y persiguieron, desaparecieron,
torturaron y asesinaron a numerosas personas, a quienes por participar
en movimientos sociales o en acciones de protesta, habían calificado
como simpatizantes de la guerrilla. Algunos de estos asesinatos y torturas
se llevaron a cabo con métodos extremadamente crueles, como la
mutilación progresiva de las víctimas hasta producir la
muerte, arrojando luego a un río los cuerpos desmembrados, imposibles
de identificar. Entre las víctimas estuvo el Párroco del
lugar y varios de sus colaboradores. Los procesos judiciales y disciplinarios
que se abrieron por estos hechos concluyeron en la más absoluta
impunidad, siendo absueltos todos los victimarios identificados.
Nuestra Comisión de Justicia y Paz, que tuvo contacto estrecho
desde el comienzo con algunos sobrevivientes y con familiares de las víctimas,
llevó el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos. Allí, luego de más de dos años de confrontación
de explicaciones con el gobierno colombiano, éste aceptó
conformar una Comisión extrajudicial que examinara de nuevo el
caso y se pronunciara sobre el mismo. Dicha Comisión dejó
en claro la responsabilidad del Estado en los crímenes y recomendó
indemnizar a un grupo de familias y reparar social y moralmente a la población
de Trujillo y a la sociedad colombiana.
En el curso de las deliberaciones de dicha Comisión, encontramos
algunas maneras simbólicas de materializar la reparación
moral a la población, como la construcción de un monumento
a las víctimas y un plan de inversión social que reconstruya
algunos tejidos socio-económicos que fueron destruidos.
Estas iniciativas aún no se han cumplido y enfrentan grandes dificultades
para realizarse. Las autoridades del pueblo y sectores de la población
rechazan el monumento, apoyándose en la tesis que atribuye al olvido
la virtud de facilitar la reconciliación y la construcción
de un futuro sin odios ni venganzas. El discursos cristiano de la reconciliación
y el perdón fundados en el olvido se ha vuelto allí discurso
militante y combativo aún en boca de los indiferentes y ateos y
ha encontrado también audiencia en autoridades eclesiásticas.
Esta desafiante tarea nos ha permitido también ahondar en algunos
análisis, como estos:
La masacre continuada que sufrió el pueblo de Trujillo, dejó
huellas profundas y dinamismos destructivos en su conciencia moral.
Teniendo en cuenta que ciertas actitudes y comportamientos de las víctimas,
en los que se materializaron ciertos imperativos de su conciencia, como
la denuncia, la protesta social, la pertenencia a organizaciones reivindicativas,
cooperativas o solidarias, constituyeron comportamientos que fueron castigados
con las formas más extremas de crueldad (con inocultable intención
disuasiva por parte de los victimarios, como quien envía un mensaje
contundente: si alguien vuelve a comportarse así, tendrá
esta muerte cruel), todo esto con apoyo y tolerancia del Estado. La población
tuvo que asimilar compulsivamente la conclusión de que sus vidas
debían ponerse en dilema con esos imperativos de sus conciencias:
o se optaba por vivir, reprimiendo la conciencia, o se seguía la
conciencia, arriesgando la vida.
La impunidad -que aún es total en este caso- actúa como
un sello que avala con fuerza esa conclusión.
¿Cómo reconstruir esa conciencia moral, reprimida o destruida
con instrumentos tan contundentes?
¿Cuál puede ser el futuro de una comunidad así moldeada
en el terror; en procesos históricos tan traumáticos?
¿No estará acaso esa comunidad condenada a reorientar completamente
sus patrones de comportamiento social y moral, sus opciones políticas,
ideológicas e incluso éticas, en función de los intereses
de esos victimarios que no fueron sancionados y que conservan, por ello,
un poder real como amenaza permanente?
¿No estará acaso esa comunidad condenada sutilmente al silencio
y al olvido del pasado; a permitir que los comportamientos triunfantes
de los victimarios moldeen subconscientemente los patrones de conducta
de la generación que se levanta?
¿Existe algún otro mecanismo psico-social efectivo, que
pueda liberar a esa comunidad de repetir su tragedia, que no sea la memoria
intensa, permanente, estigmatizante del pasado, la sanción jurídica
y social de los victimarios?
Todos estos análisis y reflexiones nos llevan a la convicción
de que la impunidad es uno de los flagelos más graves que sufrimos
hoy.
La impunidad ha moldeado nuestras actuales sociedades latinoamericanas.
En los últimos meses, victimarios de Argentina y Chile, desde las
fortalezas inexpugnables que las decisiones jurídicas y políticas
les construyeron, han llegado a confesar horrores por las pantallas de
la televisión, con estremecedora arrogancia.
¿No daña esto profundamente la conciencia moral del continente
y del mundo?
¿No reafirma acaso, en forma contundente, el poder triunfante del
crimen y no deja acaso degradado el valor de la justicia?
¿Acaso el modelo neoliberal implantado en todos nuestros países,
con sus efectos de hambre, muerte, degradación de la calidad de
la vida humana en todas sus dimensiones, para grandes mayorías,
no se apoyó en el exterminio de una generación ideológica
que no aceptaba sus postulados y en el condicionamiento subconsciente
de la generación siguiente para aceptarlo, gracias al "perdón
y olvido" de ese genocidio?
Sé que muchas veces es difícil separar sentimientos de odio
y de venganza de una opción consciente y fundamentada contra la
impunidad. Pero creo que esos sentimientos son más destructores
cuando se reprimen o cuando se desmontan con sofismas que eluden mirar
los efectos monstruosamente destructores de la impunidad.
Siempre que reflexiono sobre los efectos de la impunidad, siento una necesidad
imperiosa de rendir un homenaje a las Madres de Plaza de Mayo de Argentina,
cuya ronda de todos los jueves a las 3 de la tarde es un ritual que habla
a los estratos más profundos de la conciencia. Varias veces me
acerqué a esa plaza como quien se acerca a un lugar sagrado, donde
arde una llama que mantiene viva la conciencia moral del continente.
Psicólogos, sociólogos, políticos y clérigos
les han aconsejado poner ya fin a su interminable ritual. ¿Por
qué seguirse identificando como "madres de las víctimas"?
¿No es ésta acaso una identidad patológica? ¿Por
qué no abandonar, con sentido de realismo, lo que es inalcanzable?
¿Por qué, en lugar de seguir fijas en el pasado, no construir
un futuro menos lúgubre? ¿Por qué sepultar definitivamente
sus vidas en un interminable ritual funerario? ¿Por qué
no perdonar a los victimarios y olvidar las pesadillas del pasado? ¿Por
qué no luchar, más bien, por una reconciliación nacional?
Razones todas respetables para deponer su lucha, pero ellas han preferido
continuarla. Han preferido seguir siendo llama eterna que arde junto al
sepulcro de la dignidad humana, donde ofician como intransigentes centinelas
de su resurrección. ¿Qué sería de nuestro
continente sin este testimonio impresionante de humanidad?
Javier Giraldo M., S. J.
Münster, Alemania, junio de 1995
Encuentro convocado por FIACAT (Federación Internacional de Acción
de los Cristianos por la Abolición de la Tortura
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