SINDICATO NACIONAL DE TRABAJADORES DE LA INDUSTRIA DE ALIMENTOS "SINALTRAINAL"

IV Encuentro Nacional del MOVICE
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Ética y cultura de la responsabilidad en los sindicatos PDF Imprimir E-Mail
viernes, 22 de febrero de 2008

“la combatividad de una clase es tanto mayor cuanto mayor conciencia tiene creyendo en su vocación propia, cuando más indomable es el instinto que le permite penetrar todos los fenómenos conforme a sus intereses” George Luckacs

La Ética

Ética es una palabra de origen griego, que etimológicamente quiere decir carácter, hábito o costumbre. En su sentido más amplio, la ética es la teoría filosófica que se ocupa de estudiar la ciencia de la moral y el como deben actuar y relacionarse los diversos componentes individuales y colectivos de una sociedad.

Como tal, investiga el origen histórico y la estructura, es decir, la forma y esencia concreta que toma la moral dominante en una sociedad determinada. Cada clase social hegemónica ha impuesto su concepción del mundo, aspiraciones materiales y espirituales y un tipo de moral específico a las clases subalternas en las diversas culturas, tipos de sociedades y modos de producción que hasta el presente han existido.

Estudia, además, la ética las funciones de las normas morales. Es desde este examen que tal ciencia describe, explica y deriva su enseñanza de la moral al conjunto de la sociedad. Así mismo, analiza las categorías y el desarrollo, evolución y carácter histórico de las leyes a las que obedecen los mencionados paradigmas morales.

Una doctrina ética elabora y verifica juicios de valor, juicios normativos y obligaciones morales. Utiliza sentencias éticas para valorar la opinión y actuación de los individuos de acuerdo a los paradigmas definidos por la clase, grupo social, sociedad o cultura al cual pertenece.

Esa doctrina ética es adoptada como herencia natural por la mayoría de los componentes de una sociedad. Cuando se trata de la ética revolucionaria, la persona que la interioriza parte de adoptar una conciencia propia de la clase social a que pertenece, acoge, por tanto, las normas que esa clase ha determinado como valederas, las hace parte de su mentalidad y comportamiento y obra en consonancia a fin de que ellas rijan sus actuaciones.

Precisamente por que se ocupa de valorar los referentes de la conducta de los individuos, las clases y las sociedades en un contexto histórico determinado, es una ciencia clasista, pues aboga por la práctica de determinadas reglas de conducta definidas por los intereses y aspiraciones de cada uno de los grupos sociales.

En su sentido más particular, la ética está relacionada con el comportamiento, la conducta y el actuar del hombre como ser social. Éste adopta concientemente un conjunto de normas, principios, razones, juicios de valor y normativos y obligaciones morales como guías de conducta para su quehacer individual, organizativo y social, que le permiten ser o no actor de los cambios estructurales dentro de la sociedad en que vive.

La ética está íntimamente conectada con la conciencia de clase. Traigamos un ejemplo a colación para ilustrar esta afirmación. Los trabajadores alienados por la falsa conciencia burguesa, como la calificó el filósofo húngaro George Lukacs1, jamás podrán acceder a una ética propia de su clase social, por tanto, en su comportamiento reproducirán todos los vicios y taras propias de la ética predicada por la clase contraria, la burguesía. Si ellos quieren adoptar un patrón diferente de comportamiento, deben primero descubrir sus intereses de clase, aprender sobre el antagonismo que tienen esos intereses con los de la burguesía, estar dispuestos a actuar para materializarlos, subordinar lo individual a lo colectivo y, en ese proceso, construir una nueva cultura, normas y valores morales, comportamientos individuales y colectivos y practicas sociales y políticas diferentes, ejemplares, a partir de los cuales pueden desarrollar nuevos paradigmas, referentes transformadores. Esa nueva ética debe reunir tanto el cambio incesante en las costumbres como también el mejor acumulado de la tradición revolucionaria y de vida de los trabajadores.

La Moral

La moral es un producto humano, resultado, en última instancia, de la situación económica experimentada por cada sociedad. Es un espejo de la realidad histórico concreta construida por la unidad y confrontación desarrollada por diversas clases sociales. Los seres humanos, consciente o inconscientemente, derivamos nuestras reglas morales de las condiciones materiales en que vivimos, o sea, de relaciones económicas en las cuales producimos e intercambiamos mercancías. Igualmente, con la misma materialidad, tenemos valores propios de una clase social en la cual nos ubicamos y esos valores se concretan de acuerdo con el grado de conciencia social que poseamos.

Ello es así porque es la practica social del ser social, como ser material, lo que determina su forma de pensar, su conciencia social. Visto de igual forma, la vida práctica nos muestra como el modo en que los hombres atienden la satisfacción de sus necesidades sociales marca profundamente su manera de pensar.

Por tanto, la conducta social de la gente está relacionada con las condiciones históricas económicas concretas en las que esta desenvuelve su vida, la cual es influenciada, a su vez, por la cultura, la filosofía, la política, la religión y otras manifestaciones espirituales. Tan es así, que, cada tipo de sociedad ha tenido a lo largo de la historia un código moral determinado. Las diferencias de contenido existentes entre uno y otro, reflejan, en esencia, la diferencia real que hay en el ordenamiento económico entre cada una de ellas. Por ejemplo, los valores y racionalidad desarrollados por la sociedad capitalista, sustentados en un tipo de organización social basada en el intercambio de mercancías, son muy diferentes a los de la sociedad feudal.

Categorías éticas muy generales de valoración moral, como las ideas de bien y mal, “han cambiado tanto de un pueblo a otro y de una época a otra que ha menudo han llegado a incluso a contradecirse”2. Basta nombrar una serie de prácticas que en sociedades anteriores eran consideradas morales y hoy son valoradas como horripilantes, para apreciar los cambios ocurridos en las normas de vida aceptables para cada sociedad. Costumbres como “el canibalismo, la eliminación física de los ancianos y las ofrendas humanas a los dioses”3 son actualmente calificadas como aberrantes o exóticas. Al mismo tiempo, “la homosexualidad, el matrimonio común y la poligamia, la discriminación racial y sexual, la esclavitud, la servidumbre o la explotación de los hombres”4 fueron o son vistas como morales o inmorales de acuerdo con la conveniencia, interés o creencias de la clase social que dirige la sociedad que las juzga.

La moral trata de las reglas de conducta impuestas por las clases dominantes, las cuales se tornan representativas, en un momento dado, para toda la sociedad. Refleja, en primer lugar, el conjunto de intereses, necesidades y valores formados en la interacción de individuos y clases sociales posibles para facilitar la convivencia al interior de una sociedad o cultura. En segundo lugar, muestra la influencia mutua entre los valores que tienen las diversas clases sociales. En tercer lugar, contiene normas de relacionamiento de los individuos con el medio social y con su entorno natural. En resumen, es un sistema de reglas, principios y valores, que tienen un carácter histórico, regulador de las relaciones entre personas, clases sociales y de estas últimas con el conjunto del ordenamiento económico social. Dicho sistema sustenta todo el andamiaje ideológico y político vigente en una sociedad determinada.

Los valores, como parámetros de comportamiento aceptables por una sociedad, los podemos categorizar en personales y colectivos. Reflejan ellos los elementos estéticos, los de comportamiento, que son admisibles a los individuos y a la sociedad, los que moldean las diversas relaciones humanas y los morales. En ese sentido, los clasificamos de varías maneras.

Bajo esa categorización existen los valores vitales –que tienen que ver con la salud y la capacidad física de los seres humanos-, los valores hedónicos –que se refieren a la felicidad y el placer-, los valores económicos –como el valor de uso y valor de cambio cualidades de las mercancías-, los valores estéticos, los valores científicos y los valores individuales –aquellos que muestran cualidades especiales que poseen las personas tales como honestidad, templanza, valentía, bondad, justicia, veracidad y solidaridad, entre otros-.

Las reglas se presentan como normas escritas o no, valores, principios, ideales, deberes, costumbres y formas de convivencia y comportamiento que orientan la vida social y la conducta de los hombres; todas ellas conforman un primer nivel de conciencia social del individuo y son el arquetipo utilizado por éste para valorarse a sí mismo y al entorno que le rodea. En la mayoría de los casos, su interiorización es tan fuerte que condiciona la conducta individual y genera una obligación voluntaria, un “deber” que se tiene que cumplir. La trasgresión de esta norma provoca un sentimiento de culpabilidad, de autocensura, el cual es complementado con el rechazo social.

El ejercicio de la moral aparece como un acto voluntario, propio de los individuos que aceptan la vida en sociedad y que están dispuestos a seguir, de “manera natural”, las prescripciones morales que sustentan la vida social como “orden natural” y no como producto histórico. Esos seres humanos no se preguntan por el origen o validez de esas normas, simplemente las acatan porque les han sido trasmitidas como los valores validos a seguir, los cuales consideran inmutables, inmodificables y eternos. Desde allí los interiorizan como convicciones

La moral es pues, una forma que asume la conciencia social en una etapa histórica concreta; por tanto, ella, al igual que la ética, tiene un carácter claramente clasista. Al dividirse la sociedad en clases, hecho que ocurrió cuando apareció la propiedad privada y se desintegraron las sociedades existentes en el comunismo primitivo, cada clase social dominante, en los sucesivos modos de producción, generó “un tipo de moral acorde con sus necesidades, intereses y concepciones de la vida”., Desde entonces dominó la moral impuesta por cada una de las clases dominantes que a lo largo de la historia humana han detentado la hegemonía, las cuales desplegaron su control en el campo de las ideas sobre las clases subalternas a partir de los instrumentos de poder con que contaban, especialmente por medio de la cultura, la comunicación y la educación. Federico Engels apuntaba al respecto que “Hasta hoy toda teoría moral ha sido, en última instancia, producto de las condiciones económicas de la sociedad en el período correspondiente. Y como hasta el día la sociedad se ha agitado entre antagonismos de clase, la moral ha sido siempre una moral de clase; o justificaba la dominación y los intereses de la clase dominante, o representaba, cuando la clase oprimida se hacía lo bastante poderosa, la rebelión contra esta dominación así como los intereses del futuro de los oprimidos. Es indudable que se ha efectuado, en rasgos generales, un progreso en la moral...

Pero no hemos salido todavía de la moral de clase”.

Los preceptos morales de las clases dominantes han sido transmitidos y asimilados por medio de la familia, la escuela, los medios de difusión, la iglesia, las organizaciones políticas y sociales controlados por ellas.

La moral de los trabajadores, así como la moral de la burguesía, determina juicios de valor, que es lo “bueno” para cada clase social, juicios “normativos”, que es lo “justo” para cada una de ellas, y obligaciones morales, el sentido del “deber” para cada una, en los sindicatos no solo se debe dar este debate sino marcar la diferencia en nuestros comportamientos prácticos con la clase dominante. En igual sentido, debemos apreciar cuales son las fuerzas éticas motivadoras de la acción para cada clase, ya que existe una gran diferencia entre las categorías que estimulan el comportamiento de los vendedores de fuerza de trabajo y de quienes viven del trabajo ajeno. No es lo mismo el sentido de lo “bueno”, lo “placentero” y de “deber” para unos que para otros. Alrededor tanto de las obligaciones morales como de los juicios de valor y juicios normativos se dan interpretaciones éticas diferentes por cada clase social, que reflejan la existencia de contradicciones antagónicas propias de las condiciones materiales de vida de la sociedad capitalista.

En la medida en que se va desarrollando los antagonismos de clase, cada una de las clases sociales va elaborando su propia moral, encontrándose así en la sociedad diversas morales, que “representan percepciones diferentes del mismo desarrollo histórico”8, las cuales aparecen como contradictorias y opuestas. Tal situación no impide que estas morales “posean también muchos rasgos comunes”. Uno de esos rasgos es la oposición al robo, al asesinato y a los crímenes del lumpen, así los ricos lo hagan de manera hipócrita y oculten el despojo, que no es más que un robo, que hacen al obrero al apoderarse de la plusvalía, la explotación a los pueblos dependientes, la usura nacional e internacional y otras formas de explotación que tienen los capitalistas para apoderarse de la riqueza social.

Las normas morales, o sea, los principios y criterios dominantes acerca de cómo comportarnos y hacia dónde debemos dirigir nuestra acción, son un producto histórico, fruto de las relaciones materiales entabladas por los hombres. Como tal son limitadas y han existido para un período histórico determinado. Cuando la lucha entre las clases sociales, las aspiraciones de las mayorías, el conocimiento que el hombre tiene de la naturaleza y la sociedad y el desarrollo de las fuerzas productivas cambian cualitativamente y el régimen económico y social existente ha hecho agua, las antiguamente proclamadas formas de conducta de los individuos, que eran aceptables en esa sociedad, se modifican fundamentalmente, imposibilitándose su reproducción, surgiendo así nuevos paradigmas éticos, que son, en ese momento, revolucionarios.

Los referentes morales son considerados validos sólo para una sociedad determinada en un período concreto de su desarrollo. Sin embargo, existe un lenguaje ético común a varios tipos de sociedad, el cual refleja los debates y problemas filosóficos similares que se han debatido en cuanto a las normas de conducta ideales a ser adoptadas por los hombres en cada una de ellas. Las normas establecen los códigos temporales de conducta que rigen la vida social, señalan qué aspiraciones colectivas e individuales son dignas y cuál es el sentido de la vida admisible para esa sociedad específica. Tales referentes deben ser aceptados y cumplidos por cada uno de los miembros de esa la sociedad so pena de ser marginados o perseguidos por el poder que rige ese colectivo.

En conclusión, la moral es un producto histórico, acumulando de valores, algunos de los cuales, los más genéricos, se van transformando y reinterpretando y otros se van desechando como producto del cambio ocurrido en las condiciones materiales de vida de los pueblos, en sus relaciones sociales y en las percepciones espirituales que van construyendo. Esos cambios obedecen tanto al desarrollo de las fuerzas productivas como a las confrontaciones que se van librando entre las diversas clases sociales.

La Relación entre Ética y Moral

La ética surgió mucho después que las normas morales. La moral se incubó en las sociedades primitivas, cuando sus componentes entendieron la necesidad de reglamentar sus relaciones sociales con el propósito de ajustar el comportamiento individual con los intereses colectivos. De esa forma se originaron hábitos, costumbres, deberes, normas morales, juicios de valor o valores como “lo bueno” –el deber ser- y “lo malo” –el no deber ser- y otros sentimientos integradores de la conciencia personal y colectiva de esas sociedades. Estas pautas culturales antecedieron a otras manifestaciones espirituales como la religión, la política y las leyes jurídicas.

En las diferentes sociedades antiguas, los hombres reglamentaron sus relaciones económicas y sociales y establecieron paradigmas conductuales mucho antes de que se pudiera establecer una ciencia que se ocupara de analizarlos. Sólo cuando surgió una avanzada división del trabajo, sobre todo entre el trabajo manual y el intelectual, la propiedad privada y, consecuentemente, las sociedades divididas en clases, fue cuando empezaron a aparecer los tratados de ética. Los gobernantes, filósofos y políticos de las antiguas culturas egipcias, sumerias, indias, chinas y griegas fueron los primeros en darle importancia a analizar la conducta moral de los hombres. Pero cabe a los griegos, especialmente Aristóteles —en el siglo V antes de nuestra era—, la virtud de haber creado, a través de su tratado denominado “Ética a Nicómaco”, la ciencia de la ética, la cual formó como una rama especial de la filosofía general. Allí este filósofo griego definió la ética como los principios que rigen el bien y el mal. También escribió la “Filosofía Práctica”, que define, de acuerdo con su criterio, las reglas a que a de someterse la conducta humana. Para Aristóteles, la virtud es el objeto de la ética, mientras que la filosofía práctica se ocupa de la moral.

De acuerdo son su versión de ética, para que nuestra vida tenga un sentido positivo es necesario que el objetivo individual se aúne a un fin general, que valorice a los demás. A ese fin general Aristóteles lo denominó sumo bien, en otras palabras, la felicidad. Para alcanzarla es preciso superar el placer, los honores y la riqueza, donde no radica la felicidad. La felicidad radica en hacer algo práctico y realizable. Por tanto, si la característica principal del hombre es tener alma racional, la felicidad radica en el perfeccionamiento de esta conforme a la virtud, que se manifiesta en forma de virtudes del intelecto y virtudes morales, las cuales son prácticas.

La Moral y la Ética Burguesas

La intelectualidad revolucionaria burguesa, especialmente en los siglos XVII y XVIII, centurias de las revoluciones capitalistas, realizó igualmente otra serie de importantes aportaciones al desarrollo de la teoría de la ética. Spinoza Rousseau, Helvecio, Holbach, Diderot, Feuerbach, Kant y Hegel expusieron varias concepciones éticas novedosas para su tiempo, al igual que Fourier, Saint-Simon y Owen.

Sin embargo, esos doctrinarios dirigieron sus esfuerzos a descubrir presuntos valores y paradigmas absolutos, que fueran atemporales, imperecederos y divorciados del desarrollo histórico de la humanidad, los cuales regirían por siempre su comportamiento. Reivindicaron, entonces, el humanismo, la justicia y el “bien” en un plano abstracto y metafísico, desligándolos de las relaciones materiales entre los hombres y las clases sociales, con el propósito de defender la conservación del régimen capitalista. Suponían que, para adoptar exitosamente las normas dictadas por ellos a la sociedad capitalista emergente, era suficiente modificar la percepción que tenían las personas de la realidad, educarlas, o cambiar la forma en que el Estado difundía la nueva moral.

Sus intenciones eran representar el bien moral burgués mediante la simbología y sublimación de la perfección de las nuevas relaciones sociales capitalistas que surgían y se imponían en ese momento, presentándolas no sólo como las más avanzadas sino también como las que posibilitaban el bienestar social de las mayorías. Obviamente, esa doctrina descalificaba y aun descalifica a sus contradictores y los constituye en los representantes del mal moral.

Por otra parte, en oposición a las ideas de los materialistas franceses del Siglo XVIII, surgió la visión ética kantiana, conocida como ética autonomista. Esta teoría fue desarrollada por el filósofo alemán Enmanuel Kant, quien decía en su obra “La Critica de la Razón Practica”, que los paradigmas morales poseen un carácter autónomo frente a las necesidades, deseos y realidades vividas por los hombres. Bajo este punto de vista, es la voluntad individual la que determina la ley moral. Es el hombre mismo, libre de toda influencia exterior, el que crea su propia moral. Es el acto voluntario, más no la norma, lo que hace, por ejemplo, al hombre “bueno”. La representación moral es una idea que guía como fin y no como medio la actividad del individuo y está desprovista de toda relación con su entorno económico-social, constituyéndose así en una representación puramente idealista, que debe ser generalizada a todos los individuos hasta convertirse en ley universal. La ética kantiana es, entonces, como dijera Lukacs, “… la realización de principios intemporales, suprahistóricos”10

Otra concepción burguesa de la ética fue la llamada ética heterónoma, la cual predica que el carácter moral depende de causas externas a la voluntad del individuo, como las leyes del Estado, los preceptos religiosos y las motivaciones personales. Esta teoría, como la anterior, niega que el desarrollo de las normas morales estén relacionadas con la evolución de leyes económicas y sociales que rigen el desenvolvimiento de las sociedades, afirman el principio idealista de la autonomía de la voluntad y no reconocen papel activo alguno al sujeto en la sociedad.

Existe también dentro del arsenal filosófico burgués una ética basada en la religiosidad, denominada la ética teológica, que si bien tiene un origen anterior al capitalismo, se sostiene hoy incólume. Para esta escuela ética, la fuente y criterio único de toda moral es Dios, quien es la imagen del bien moral y de la virtud. El mal y la amoralidad son representados por el Diablo, personaje que es la encarnación del pecado. El hombre se mueve entre esos dos polos contradictores. La voluntad divina no puede ser contrariada, más bien debe ser seguida sumisa y resignadamente. Las acciones buenas o malas realizadas por los hombres están relacionadas con la correspondencia o contraposición que tengan con la voluntad de Dios, la cual es trasmitida e interpretada por otros hombres, como lo son los sacerdotes. Dios, además es el sancionador moral. Es la única autoridad para valorar la moralidad de un acto. Y, una vez más, son los interpretes de la voluntad divina quienes emiten el juicio sancionador, tal como ocurrió en los tiempos de la inquisición. Si se siguen las pautas morales divinas, trazadas por la religión e interpretadas por los sacerdotes, se será una persona justa, que tendrá como recompensa el cielo, mientras que quienes no siguen esas pautas, los pecadores, serán duramente castigados al final de los tiempos. Por tanto, el alcanzar justicia está relacionado con el fin del mundo, con la otra vida y con la llegada del reino de Dios. Mientras tanto hay que tener virtud y paciencia, con lo que no hay que resistir a las condiciones de explotación y opresión existentes y extender a los explotadores el perdón universal. Por esa razón, la ética teológica es una apología moral de la sociedad capitalista. Además, niega el papel que tiene la sociedad para definir sus propios valores morales.

Al postrar al hombre ante el sufrimiento terrenal y predicar que en el otro mundo tendrá justicia y felicidad, la ética teológica le resta capacidad, energía y determinación para transformar las condiciones económico-sociales, que son las que realmente originan su sufrimiento, y adormece su espíritu. Además, toma partido por las clases dominantes, intentando perpetuarlas en el poder, legitimando el estado de cosas existente y dando justificaciones teológicas al dominio de una clase social sobre otra.

Finalmente, dentro de las principales escuelas éticas desarrolladas por los ideólogos del capitalismo esta la ética utilitarista. Para quienes abogan por éste tipo de ética, sus principios están determinados por alcanzar el éxito, como fin último en la vida. Bajo una concepción puramente individualista, afirman que la felicidad de las personas se encuentra en la satisfacción de sus deseos e intereses particulares; como complemento de esa felicidad, es útil vivir en armonía con los demás. Tanto para los utilitaristas como para los pragmáticos, la ética solo debe estar referenciada a satisfacer deseos personales y a ayudar a sortear las dificultades y problemas que plantea tal satisfacción. En consecuencia, para estas dos escuelas no existen valores, fines, ni normas diferentes a las que son necesarias para encontrar los medios que permiten alcanzar el éxito.

En resumen, la burguesía tiene moral mientras las circunstancias se lo permitan. Si acaso ve peligrar su hegemonía prescinde de toda moral a fin de mantener su dominio. Basta ver su comportamiento en Colombia en relación con el paramilitarismo para comprobar esta afirmación. El Estado burgués sirve precisamente a ese propósito. Hay moral mientras esta sirva para defender la propiedad privada y la esclavitud asalariada. Cuando las circunstancias políticas rebasan el control ideológico y las normas morales impuestas por los de arriba, la burguesía abandona toda práctica moral y recurre a las armas más viles, bajas y despiadadas para mantener su poder y las condiciones que posibilitan la reproducción del sistema capitalista.

Recientemente los diferentes tipos de éticas contemporáneas acuñadas por los ideólogos burgueses han considerado, especialmente con la tesis del fin de la historia, que los problemas humanos están resueltos. Los intelectuales de los países imperialistas, repitiendo las tesis de los antiguos filósofos idealistas, han querido sostener la universalidad de lo que enuncian como valores humanos únicos, pretensión que encubre más bien la necesidad de mantener su hegemonía sobre la conducta de los habitantes del planeta. Pero una vez más han fracasado porque desde distintas partes del mundo se vienen elaborando o recuperando los postulados más importantes que constituyen una ética revolucionaria.

Tal paradigma declara muerto al socialismo y propagandiza la imposibilidad de construir un orden socio-económico justo, diferente al capitalista. Con esa concepción se justifica la existencia de un régimen oprobioso, que debe aparecer a los ojos de los explotados del mundo como ineluctable e inmodificable. Su origen divino o natural, como convenga explicarlo, de acuerdo con la mayor o menor ignorancia de quienes reciben el mensaje, está confirmado, en palabras de estos exegetas del imperialismo, por la historia. Pues según las tesis de Francis Fukuyama11, uno de los teóricos burgueses de moda, hemos llegado, una vez más, al fin de la historia. Esa afirmación no es nueva. Ya a mediados del siglo XIX, Marx, refiriéndose a las posturas filosóficas asumidas por los defensores del orden capitalista escribía que: “Así, ha habido historia, pero ya no la hay”12, señalando como la historia y sus enseñanzas habían sido  “aniquiladas” por las divagaciones de unos cuantos filósofos a sueldo de los ricos.

Ante tan aparente aplastante realidad y en medio de la caída del llamado “socialismo real”, muchos pueblos ven aplacadas sus ansias de lucha por su liberación nacional y social. Pero a reglón seguido se les vende la baratija de que su situación mejorará con el tiempo. Por tanto, las oportunidades para alcanzar el éxito están a la vista, son cada vez mayores y si las personas se esfuerzan en el trabajo, saben ser competitivos y leen correctamente las leyes del mercado, lo alcanzarán. Es el fomento del más cavernario egoísmo y del arribismo más perverso, en medio de la decadencia moral más profunda, sólo vista anteriormente en la etapa del oscurantismo. Hipotéticamente se puede salir de la postración que da ser miembro de una clase social subalterna si se está dispuesto a renegar de ella, de su moral, de su herencia histórica, de sus intereses y derechos y si se enfoca el esfuerzo a servirle incondicionalmente a los de arriba.

En eso consiste la moral del capitalismo imperial, llamado eufemísticamente neoliberalismo globalizado, que es hoy la amenaza más grande a los derechos de los trabajadores, a la sobrevivencia material y espiritual de los pueblos y países del Tercer Mundo, amenazados no solo por el saqueo y la violencia sino también por la transculturación, y a la sostenibilidad de nuestro medio natural.

La Moral Marxista y los Trabajadores

Desde que apareció el materialismo este confrontó la moral idealista. Si bien los primeros materialistas no tenían una comprensión totalizante del mundo y de las leyes objetivas que gobernaban a la naturaleza y la sociedad, por tanto tenían aun una visión muy limitada sobre la relación que tenía la moral con el desenvolvimiento de la estructura económica, criticaron abiertamente las concepciones teológicas de la ética y reivindicaron como origen y fuentes de las normas morales a las relaciones concretas que sostenían los hombres.

Fueron, entonces, los marxistas los que sacaron a la luz el hecho de que no había paradigmas morales divinos, eternos, inmutables y atemporales. Igualmente que la conducta de los hombres no estaba congelada, no era la misma en todas las épocas históricas, ni en todas las sociedades, pueblos, culturas y clases sociales. Como bien afirmó Zuravkov “el origen de la moral no (radica en) la voluntad divina, o (en) el sentimiento innato, sino en las condiciones materiales de vida en la sociedad, las relaciones materiales de los hombres… La moral está determinada y condicionada históricamente”13.

Por tanto, las visiones morales no se cimentaban en asertos globales y abstractos, sino en condiciones histórico concretas, así haya existido, como ya lo mencionamos anteriormente, un lenguaje moral común, que está asociado a las reflexiones filosóficas similares desarrolladas en diferentes sociedades. De ahí que perecieron las verdades morales eternas y se comprobó que la moral evoluciona conforme cambian los regímenes económico-sociales.

Es preciso anotar que no existe una relación automática y directa entre los cambios económicos y los cambios morales ocurridos en las sociedades. Algunas veces las ideas van por un lado y la realidad por otro, con lo cual los sistemas de pensamiento si bien están condicionados en última instancia por el desarrollo de las fuerzas productivas, los medios de producción y la organización social del trabajo, las ideas, y la moral en concreto, guardan una independencia relativa. Por ello, en el transcurrir histórico, se puede apreciar como en las nuevas sociedades perduran rasgos, reminiscencias o buena parte de los valores de la moral decadente aun haya ya caído la vieja estructura que los soportaba. Juegan un papel importante en la sobrevivencia de las ideas reaccionarias, las clases desplazadas del poder, quienes hacen hasta lo imposible por conservar la vieja moral, que les garantiza un control sobre el comportamiento de una buena parte de la población, y las tradiciones populares, las cuales perviven durante largo tiempo gracias a la fuerza de la costumbre.

Los representantes del materialismo dialéctico echaron por tierra la existencia de normas morales perpetuas. Bajo esta óptica, ninguna ética, y menos la marxista, concibe a la moral como un sistema cerrado y terminado de principios, normas y valores. Por el contrario, ellos se tienen que modificar y desarrollar permanentemente, sin ogmatismos, incorporando a su acumulado el análisis de todas las manifestaciones materiales y espirituales aparecidas en el transcurrir de la historia.

Además, postularon que la moral era una forma de conciencia social. Y lo es porque los individuos, mediante ella aceptan regirse por unas normas sociales para poder desenvolver su vida en sociedad. En otras palabras, aceptan someterse, habitualmente inconcientemente, a cierto orden social que posee unas reglas y valores generalmente existentes anteriormente, al cual le adjudican un carácter natural, para poder ordenar la vida colectiva; a pesar de que ese orden le imponga a las mayorías condiciones de existencias absolutamente injustas y muchas veces brutales y aberrantes, es posible convivir bajo este, pues constituye al fin y al cabo un orden que solo puede subsistir si existe la conciencia colectiva alienante de que sus paradigmas son aceptables. Cuando estos últimos se vuelven inaceptables, ese orden se derrumba y surge uno nuevo, que da paso a nuevos referentes morales.

Descubrir que las normas morales corresponden a un sistema determinado de organización económica y social y que, por tanto, son finitas y relativas, no ha sido obstáculo para que la ética marxista también reconozca que hay una acumulación de valores, principios y normas a lo largo de la historia de la humanidad que le da virtuosidad a la construcción social, en consecuencia las recoge y transforma en los valores e ideales más avanzados y transparentes hasta ahora conocidos por los hombres.

Por tanto, el desarrollo del acumulado histórico alcanzado por la ética, lo más resaltante del contenido de las teorías éticas anteriormente existentes, que son parte de la construcción del pensamiento filosófico universal, es incorporado al marxismo, a su acervo revolucionario. La moral tiene en su ascenso histórico, un desarrollo que es dialéctico, en espiral, donde las sociedades y los hombres van desechando lo viejo y caduco, recrean antiguas normas y valores y crean otras, dándole una incuestionable continuidad histórica al proceso. De esa manera, nuevas moralidades solo surgen como resultado de la lucha entre lo nuevo y revolucionario contra lo viejo y conservador.

La ética marxista resume lo mejor de la cultura y la moral humana, se transforma en verdaderamente humanista al darle un papel conciente al sujeto social como hacedor de la historia y no como agente pasivo de esta, rompe con la obediencia ciega a las normas y valores preexistentes, convirtiéndose en un critico del orden existente, en un ser que tiene permanente avidez de inquietudes y conocimientos, capaz de orientar sus acciones hacia el mejoramiento humano y hacia su superación como ser social.

Con el desarrollo de la ética marxista hay un viraje en el desenvolvimiento de tal rama de la filosofía. Esta ya no predica una suma de preceptos morales para que los individuos se comporten tal como determina los intereses hegemónicos de las clases dominantes. Cambia el papel del sujeto social al tornarlo de ser contemplativo y sumiso ante los principios morales, los cuales, de acuerdo con los postulados de las éticas anteriormente existentes, únicamente podía acatar, a ser constructor consciente de los ideales más caros a la humanidad como son la libertad, la felicidad y el bienestar individual y colectivo, realizados a través de la praxis social, la cual está en función de transformar la realidad existente y construir las condiciones necesarias para hacer alcanzables dichos objetivos.

La ética marxista rebasa la moralidad cultural, más allá de ser un código moral pone de relieve las injusticias económicas y sociales propias del capitalismo, el carácter temporal de este modo de producción y la necesidad que tienen los trabajadores y los oprimidos de transformarlo a través de la actividad revolucionaria, dirigida a alcanzar la liberación total del ser humano.

Construye, en cambio, una moralidad liberadora, colectiva, de ideales altruistas. Desde el punto de vista leninista, la moral tiene como fin lograr la elevación material y espiritual de la sociedad y es prerrequisito para ello que esta se deshaga de la explotación del trabajo, que los hombres persigan un ideal concreto y tengan un espíriturevolucionario, que éste realmente represente el máximo estadio de sujeto social a buscar lo mejor para él y para la sociedad y a lograr llegar al punto más alto de posible de su desenvolvimiento intelectual, ideológico, social y político.

En ella aparece ya una conexión perfectamente clara entre moral y conciencia social como conciencia de clase, pues predica que el ser social debe realizar una serie de acciones directamente derivadas de la toma de conciencia de clase con el fin de construir una dimensión revolucionaria, justa, racional y humanista donde lo correcto y lo incorrecto no se valora con base en el modo de vida social existente sino desde la perspectiva de construir valores y promocionar la praxis que posibilitan o no remover las causas que motivan los hechos que atentan contra la armonía, la felicidad, la libertad, el bienestar y el desarrollo del ser social, en medio de la edificación de una sociedad socialista y de una interrelación adecuada con el medioambiente. 

Las normas y valores a construir tienen que estar relacionados con esos propósitos. Para ello hay que transformar la conciencia, la praxis del ser humano y revolucionar las relaciones económico-sociales. Es la única manera de construir una moral superior a la de la burguesía, sin que esta moral proletaria se constituya en eterna e inmodificable, porque aun es una conciencia de clase, superable solamente en la medida en que llegue “la sociedad a un grado de desarrollo en que no sólo se haya superado el antagonismo de las clases, sino que se haya olvidado en las prácticas de la vida”14. En esa dirección apuntaba Engels cuando respondía a la pregunta ¿Cuál es la verdadera moral? “En sentido absoluto y definitivo, ninguna; pero evidentemente, la que contendrá más elementos prometedores de duración será aquella moral que representa en el presente la subversión del presente, el porvenir; es decir, la moral proletaria”.15

La ética también tiene un estrecho vínculo con la política. En efecto, la actividad y comportamiento del hombre, tanto en política como en moral, se juzga en función de la clase a la que sirve y de la finalidad que persigue. Ese objetivo, ante todo, está determinado por los objetivos que éste se traza en la lucha política. En consecuencia, la moral no es independiente de la política. Esta última, que es la ciencia que resume la praxis social, aparece junto con el surgimiento de las clases y el Estado. Es la expresión organizada de la lucha de clases, concentra la actitud transformadora o conservadora que tienen las diferentes clases y capas de la sociedad hacia el establecimiento, el Estado y el gobierno y manifiesta directamente el interés económico de cada una de ellas. Lenin decía, con justa razón, que “La política es la expresión concentrada de la economía”16.

El ejercicio de esta disciplina es, por tanto, el arma más importante que tiene la clase obrera a fin de conquistar sus más altos intereses económicos, amen de sus intereses ideológicos y culturales. Es por esto que no sólo la política influye sobre la moral, y viceversa, sino que también la praxis política del proletariado marca decisivamente la conciencia moral de los trabajadores. Si en los sindicatos, por ejemplo, impera una moral burguesa, está influenciará a la política que en ellos se desarrolla. A su vez, si impera una política revolucionaria, ella también impactará transformadoramente en la moral burguesa que influye a los trabajadores.

Es tal el vínculo entre moral y praxis que, en nuestro caso, la ética nos debe servir para el desarrollo de la vida concreta y no para tener una serie de enunciados impracticables. Por tanto, nos debe indicar condiciones, posibilidades y vías concretas a seguir para construir la moral proletaria y para eliminar taras y vicios propios de la moral burguesa. Desde esa perspectiva, debemos combatir toda noción que lleve a convertir nuestra ética en lo que lo es para la burguesía: un conjunto de normas alienantes, que debe acatar únicamente el pueblo, pues a ellos no los rige moral alguna.

Actualmente existen dos éticas que son antagónicas. Una, la ética de la burguesía, que es conservadora, defensora a ultranza del sistema capitalista, y, otra, la ética de los trabajadores, que tiene como propósito último la libertad, el bienestar y la felicidad individual y colectiva en una relación armónica entre hombre y naturaleza. La segunda representa el cobrar conciencia por parte del proletariado de la injusta situación que vive y desde allí construir otros, deales, valores y normas de conducta congruentes con sus intereses y aspiraciones históricas. Desde allí se desprenden las normas morales que deben practicar tanto los trabajadores como sus organizaciones sindicales y la ética que deben predicar. Ellas se fortalecerán mediante la crítica y la autocrítica, las evaluaciones colectivas y la educación.

La ética de los trabajadores tiene que ver, ante todo, con la toma de conciencia de clase, lo cual significa reconocer que pertenecemos a un gran grupo social que ocupa un lugar específico en la producción, en nuestro caso como trabajadores, es decir, vendedores de fuerza de trabajo quienes participamos en la creación o distribución de la riqueza social. Además, debemos descubrir que todos los laboriosos tenemos entre sí unos intereses históricos concretos y comunes y que aspiramos a construirlos. Igualmente, que recibimos una porción de la riqueza social, la menos, muy inferior al valor de lo que producimos, y que ocupamos un lugar determinado en la sociedad, el cual es de subordinación y no de mando. Por otra parte, que estamos dispuestos a hacer acciones prácticas para materializar nuestros intereses históricos, sólo posibles de alcanzar en una sociedad socialista. Desde el punto de vista del marxismo, cobrar conciencia de su propia situación conciencia de clase-, es un imperativo moral de los trabajadores, así como también lo es contribuir a la lucha revolucionaria -lucha de clases- para transformar la sociedad. Esta es la expresión práctica de la conciencia de clase.

Una vez somos concientes de ello, tenemos que examinar cuales son los principios, valores y normas de conducta que nos guían, cómo reafirmar algunos valores morales universales y como erradicar vicios y hábitos perjudiciales a nuestro proyecto.

La ética de los trabajadores tiene como parte fundamental reivindicar el humanismo, pues su centro fundamental de trabajo y realización es el ser humano y no las cosas. El hombre no está al servicio de la acumulación de capital, tal como lo indica la nacionalidad capitalista, sino que los medios de producción están a su servicio y deben servir para alcanzar el desarrollo y el beneficio general. Esa es parte de la ética de los sujetos políticos que se comprometen en la teoría y en la praxis a construir una nueva sociedad.

También tiene como eje romper con la alienación del hombre. La alienación o enajenación más profunda del ser humano se encuentra en el trabajo. Consecuencia de esta, la enajenación se traslada a su vida social, política e intelectual. Hay alienación en el trabajo por que este es externo al obrero. Desde que surgió la explotación del hombre por el hombre y la propiedad privada sobre los medios de producción, el trabajo ya no expresa las facultades humanas, el trabajador ha vivido el trabajo como algo que no le pertenece, que no le es propio, un asunto que es exterior a su ser, el cual está obligado, forzado, a realizar.

La enajenación del trabajo, al igual que la moral, es un producto histórico. Ha existido a lo largo de la historia de las sociedades clasistas, pero alcanza su cima en la sociedad capitalista. El hombre es un ser activo, creativo, productivo, que mediante el trabajo ha transformado la naturaleza y la sociedad para satisfacer sus necesidades y en ese proceso el mismo se ha transformado. Y se ha transformado como ser social, en interacción con otros individuos, con los cuales ha construido una vida social, un orden social en el que ha estado inmerso. Ese orden social ha devenido, en un transcurrir de cientos de miles de años, en una sociedad de clases, que lo ha despojado de su libertad y de su real naturaleza creativa.

El ser humano en este sistema se siente ajeno a su propio trabajo y a sus condiciones de vida espiritual. Al realizar el proceso del trabajo, el obrero, con la venta de su fuerza de trabajo, cede al capitalista su creatividad. En esa medida, su tarea no la hace como actividad propia, como actividad espontánea, es la actividad de otro donde quien labora pierde su propia espontaneidad. El trabajo en cuestión no hace parte de su naturaleza; lo vive como labor que le es ajena, pues no le pertenece. Es una función que no forma parte de su voluntad, sus proyectos y aspiraciones.

Trabaja, entonces, por que está obligado a sobrevivir, porque necesita dinero para poder cubrir sus necesidades. En otras palabras, lo hace exclusivamente por dinero y no porque la ocupación la quiera por sí misma, sirva a su propia realización, más bien en esa actividad se niega, experimentando más una sensación de malestar que de bienestar. Tampoco labora porque esa función sirva a otros fines posteriores con los cuales él pueda identificarse sin sentirse desposeído. Por tanto, no desarrolla libremente su capacidad mental y física. Habitualmente se encuentra agotado físicamente y mentalmente embrutecido. El hombre en vez de realizarse en el trabajo, vive este con insatisfacción, con sufrimiento, como una carga pesada que lo aleja de la creatividad, la autorrealización y que le limita sus facultades físicas y espirituales.

El hombre se cosifica, se hace cosa. Ya no es una persona, tan sólo es una mercancía más usada por el capitalista y sirve a éste únicamente como un instrumento más en la cadena productiva de elaboración de bienes. Desde allí se desprende la racionalidad capitalista, que como subjetividad de las leyes económicas objetivas que rigen ese sistema, convierte los medios de producción y la acumulación capitalista en fines en sí mismos a los que subordina al propio hombre. “El movimiento de la sociedad… toma para ellos (la burguesía) la forma de un movimiento de las cosas, a cuyo control se someten en lugar de controlarlas”17 El capitalismo aliena al hombre porque no lo trata como fin en sí mismo, sino como medio o instrumento para la producción y la acumulación, de la cual sólo pueden disfrutar muy pocos.

Pero la alienación del obrero no es sólo en el trabajo sino también frente al objeto que elabora. Esos objetos, mercancías, no le pertenecen, son ajenos; el producto que fábrica no es de él sino de su patrón. Es el trabajador el que produce la riqueza, pero él, en el capitalismo, no es una persona sino tan sólo es un medio para producir mercancías. Lo que importa al capitalista no es el bien del trabajador -su salud, el perfeccionamiento de sus facultades físicas o psíquicas- sino la introducción de valor en la mercancía producida. Así, el trabajo destruye la individualidad, trata al trabajador como una cosa y lo hace, al mismo tiempo, esclavo de las cosas.

También se refleja la alienación en el campo ideológico y social. Las relaciones capitalistas de producción han dado origen a la existencia de dos clases sociales antagónicas: la burguesía y el proletariado. Mientras el proletariado no tenga conciencia de su existencia como clase, a pesar de su existencia objetiva, es una clase alienada. Y lo es porque sus valores, sus normas de comportamiento y su cultura siguen siendo determinadas por la concepción del mundo erigida por la burguesía. También lo es porque sigue siendo una clase subalterna, que se ocupa, como mucho, de sus reivindicaciones exclusivamente económicas y que abandona por completo la lucha en el campo de las ideas y en el terreno político. O porque su desarrollo es tan primario, como ocurre en Colombia, que ni siquiera se plantea organizarse y combatir en esos dos campos tan importantes.

Quizás en el terreno donde la alienación marca más fuertemente su influencia es en el de las ideas. Allí, la falsa conciencia de la burguesía se impone al proletariado como la única forma de ver el mundo. La totalidad se ve desde el ángulo que le venden los patronos a los trabajadores. Más cuando los primeros poseen poderosos medios de comunicación dirigidos a impedir el auto reconocimiento de los segundos como clase social con intereses históricos propios, a evitar el surgimiento de su conciencia social y de clase y a oponerse a cualquier acción política que puedan realizar. Sin duda, la descomposición ideológica de la inmensa mayoría de los dirigentes sindicales contribuye enormemente a difundir la conciencia burguesa dentro del proletariado. Es tan así que su efecto inmediato es el crecimiento de las fuerzas de derecha dentro del movimiento obrero y sindical y la aceptación por parte de muchos trabajadores de base de la defensa de los intereses de los patronos, considerándolos como los propios desarrollando un comportamiento ético y político que es contrario a su propio ser y a sus propios intereses.

Nuestra acción ideológica, política y ética se debe dirigir a romper con éste tipo de alienación, logrando que los trabajadores asuman su autentica conciencia de clase y desarrollen acciones políticas propias que los convierta en fuerza social actuante alrededor tanto de la solución de los problemas económicos y sociales cruciales que tiene el país y el pueblo colombiano como de las dificultades de todo tipo por las que pasan los laboriosos.

Si la alienación se refiere a la explotación del hombre por el hombre, a la pérdida de autonomía y libertad de los seres humanos, y específicamente de los trabajadores, es preciso desarrollar una nueva ética que trabaje por desarrollar normas de conducta que conduzcan a construir una nueva organización económico-social que elimine esa explotación, construya la autonomía, dignidad y libertad, posibilite al hombre reapropiarse de lo que produce, hacer del trabajo un hecho propio, voluntario, conciente y auto expresivo conducente a la creatividad, el desarrollo individual y colectivo y al bienestar.

Combina nuestra ética tres grandes esferas que tienen que ver con el ámbito individual, el organizativo y el político. Los marxistas que más trabajaron los mencionados ámbitos fueron Antonio Gramsci, el revolucionario italiano, y Ernesto Che Guevara.

La ética individual comprende luchar por el ideal moral, es decir, tener la decisión individual de combatir por alcanzar los más caros ideales humanos realizando una acción colectiva y no en solitario, a la manera de Robin Hood; tener coherencia en esa lucha, o sea, ser consecuente y armonizar lo que se dice con lo que se hace.

Debemos ser concientes que quien encarna la ética de los trabajadores es ejemplo vivo para los demás, especialmente para las bases. En su comportamiento se refleja los ideales ético-políticos que se quieren construir. Todo dirigente sindical realmente comprometido con la causa de los trabajadores tiene que brindar una lección de ética que debe quedar en la memoria de las gentes, como lo hicieran en Colombia primero Héctor Raúl Mahecha y Mario Cano posteriormente Camilo Torres Restrepo. Esa lección impacta profundamente la psicología de las masas, sirve para configurar creencias e idearios colectivos, transformarlos en fuerza material, lo que hace posible alcanzar las metas aparentemente más imposibles, construir una tradición crítica y concretar identidades propias, distintas a las alienantes, que propone la gran burguesía.

Nuestra ética también nos exige ser humanistas; sencillos, no considerarnos superiores a los otros, así se sea el dirigente más encumbrado, solidarios, responsables, honrados, no sólo por el hecho de que no somos corruptos sino porque combatimos toda anifestación de corrupción; honestos, asumiendo un comportamiento correcto, no engañándonos a nosotros mismos ni engañando a los demás, no haciendo maniobras, desatando rumores y desarrollando practicas malsanas para mantener privilegios injustificables; fraternos, eficaces, eficientes, responsables, valientes, justos, no sólo como personas sino también como luchadores por alcanzar el ideal de justicia social, veraces, austeros y respetuosos con nosotros mismos, nuestra familia, los trabajadores y el pueblo; tener amor al trabajo sindical y político, firmeza en la lucha, espíritu de sacrificio y auto exigirnos permanentemente.

La lucha por conquistar nuevos valores, valores revolucionarios, se desarrolla en medio de la contradicción con los viejos valores, los valores burgueses, que nos influencian permanentemente. Los valores de las clases dominantes indudablemente también nos tocan. Esa influencia se refleja en la lucha interior que hay en cada uno de nosotros entre valores y contravalores. La única manera de superar esa contradicción, que de todas maneras no se extinguirá mientras subsista la sociedad capitalista, es mediante el desarrollo de la práctica social revolucionaria y de la crítica y la autocrítica.

La primera nos permite superar la tesis de que mejoramos mediante el auto perfeccionamiento. El auto perfeccionamiento es una postura idealista, que únicamente conduce a la auto flagelación, el aislamiento social y al desarrollo de valores cada vez más alejados de la evolución de la realidad.

La segunda nos conduce a evaluar permanentemente nuestra actividad y el desarrollo que estamos realizando de los postulados éticos que predicamos. Además, nos posibilita encontrar, aprender, interiorizar y afianzar los mejores valores desarrollados por los trabajadores.

Dicha edificación ética está dirigida, como dijera el Che Guevara, a construirnos como hombres nuevos. Esos hombres surgirán como producto inédito en la historia. Ellos solo podrán nacer en medio de lo viejo y no a su margen, a condición de que sean capaces de romper con lo caduco. El desarrollo de una nueva subjetividad, superior a la anterior, producto de la lucha contra el capitalismo, generará un ser humano con una conciencia más elevada que la que hoy existe, el cual interiorizará más fácilmente nuevos códigos de conducta y modelos de actuación revolucionaria.

La ética de los trabajadores, que es una ética revolucionaria, considera que hay una complementariedad entre las normas de conducta personal y las reglas de acción colectiva. Si bien, en uno u otro campo se presentan contradicciones, habitualmente estas no son insalvables. Hay que buscar un equilibrio entre la ética individual y la ética política, pues una actividad política permanente no se sostiene si no está soportada en principios éticos que sean compartidos por los individuos que componen dicha organización y que, al mismo tiempo, sean afines y coherentes con sus fines. Cualquier desequilibrio considerable entre la ética individual y la colectiva llevará a ser insostenible, en el largo plazo, la sostenibilidad de una organización o una revolución. Dos ejemplos podemos traer rápidamente a colación: el de la revolución soviética, que no pudo equilibrar tales factores, y de la Nicaragua Sandinista, que tampoco lo pudo hacer.

Sin embargo, no se deben confundir las divergencias ideológicas con las posturas morales personales, pues es imposible sustituir, en la lucha política, las contradicciones recurriendo a los sentimientos morales. Ello no indica que las cualidades morales del individuo carezcan de importancia en la actividad política revolucionaria. En ese sentido, hay defectos personales que pueden ser tolerados a los miembros de la base, más son imperdonables a quienes ocupan puestos de responsabilidad.

La ética organizativa significa fidelidad a la organización, respeto a quienes la forman, impulso a una autentica democracia, a una nueva cultura política, centrada en valores y prácticas verdaderamente democráticas, desarrollo de procesos formativos permanentes, y defensa colectiva de nuestra ética, que está centrada en valores humanistas.

Una ética de la acción política refleja nuestros postulados morales prácticos, que marcan las actitudes políticas de los representantes o dirigentes de los trabajadores y del pueblo. Esas pautas determinan que es posible hacer y que no para busca cambiar las estructuras ideológicas, socioeconómicas y las costumbres propias del capitalismo.

Ayudar a hacer el cambio social significa, para nosotros, trabajar ejemplarmente, mediante una nueva actuación práctica, en el impulso a las transformaciones necesarias que hay que introducir en la vida tanto de los sindicatos como de la sociedad. Actuación que debe estar impresa por la formación de nuevos valores como, por ejemplo, darle primacía al ejercicio político, entendido éste como componente de la ética de lo colectivo, sobre los ntereses individuales, respetando el marco colectivo en que nos desenvolvemos y haciendo, como dijo Gramsci, del “yo” un “nosotros”.

Nuestra ética también nos obliga a combatir los iconos de la ética burguesa y de la anti ética sindical: la corrupción, ambición, deshonestidad, injusticia, parasitismo, ineficacia, ineficiencia, arribismo, oportunismo, personalismo, burocratismo y otros males, que son producto tanto de la influencia ideológica y política ejercida por la burguesía en nuestro seno, como también de la fuerza de la costumbre, la cual campea en nuestra organizaciones.

Quienes las representan direccionan su acción política a favorecer a los patronos, amordazan y desactivan las iniciativas de quienes defienden la causa de los trabajadores, detienen los mejores planes salidos de la reflexión colectiva e imponen su voluntad por encima de los intereses y aspiraciones colectivas. Usan su poder en el aparato sindical para garantizar su control y privilegios, mientras mantienen en la ignorancia y marginalidad a las bases, que solo son llamadas cuando es necesario utilizarlas a conveniencia.

Esa dinámica política es producto de una ética que disemina la vida fácil y el personalismo como una forma de quehacer político. Se aprovechan tanto de las debilidades propias de una etapa de cambio por la que atraviesa algunas organizaciones sindicales, como de las fortalezas que acumula una práctica y tradición conservadora, del fruto de esa absurda costumbre burocrática imperante en las organizaciones de los trabajadores. Fortalecen desde allí su posición y desarrollan una escuela cuya mentalidad, estilo de vida, métodos de trabajo y malas mañas contagian profundamente, de una manera perversa, a las bases.

También es obligación nuestra combatir los valores inculcados por muchos años por terratenientes y capitalistas a las bases. Entre esos valores están el eestoicismo cristiano, que llama a los trabajadores a aceptar el fatalismo. Esa doctrina, predicada por la mayoría de los miembros de la iglesia católica, nos hace pensar que la dependencia, explotación, opresión y violencia que sufrimos son fenómenos irreversibles y tienen una causa única, la cual es sobrehumana. Por tanto, nuestra opción radica en aceptar los acontecimientos tal como vienen. No podemos intentar modificarlos.

Complementario al anterior contra valor está la religiosidad ciega. Esta propicia la capacidad de espera indefinida. Aguardamos un milagro, el cual nunca llegará, para que nuestra situación cambie. La predica dice que tenemos que ser absolutamente pasivos en esa espera. Nos dice, además, que aguantemos el sufrimiento sin límite y sin chistar. Debemos resignarnos y rendir ofrendas a los patronos en las empresas a cambio de promesas o de limosnas, a las cuales tenemos derecho de por si.

Otro de los contravalores, muy extendiendo en el movimiento sindical, es el de la hipocresía. Consiste en fingir valores, ideas y creencias contrarias a las que se tienen, lo que posibilita mantener una imagen y un prestigio en la base a fin de construir una credibilidad tal, que esta permita negociar con los intereses colectivos, no para favorecer a las mayorías sino para obtener utilidades personales. Se recoge un discurso social y político para aprovecharlo en beneficio propio o de un pequeño grupo de compadres. Quienes manejan éste tipo de anti ética se interesan en los problemas económicos, sociales, familiares o personales de los trabajadores con el único propósito de cultivar y mantener una clientela política, la cual es sostenida a punta de favores y de utilitarismos
recíprocos.

El falso ingenio es otro mal bastante extendido. Quienes lo practican despliegan todas sus habilidades, capacidades, energías y mañas para alcanzar sus intereses personales y para atar el destino de los trabajadores al de los patronos. Son capaces de inventar, con prontitud y facilidad, cualquier cantidad de técnicas y métodos a fin de satisfacer sus necesidades personales. No utilizan esas virtudes para apoyar la construcción del movimiento o para materializar los intereses de los trabajadores, sino en su beneficio propio.

Las revoluciones económico-sociales no son irreversibles. Solo se pueden afirmar y consolidar a partir tanto de la solución de los problemas de todos los explotados y oprimidos como de darle continuidad y profundidad a la construcción del imperativo moral que construyeron indeclinablemente los primeros revolucionarios. Desde allí se debe construir una simbología que se extienda dentro de las masas.

El desarrollo del capitalismo ha conllevado a la existencia de dos grandes grupos sociales, denominados clases, que son: los dueños de los medios de producción, capitalistas, y los trabajadores, proletarios. En la sociedad burguesa, los capitalistas denominan y explotan a los proletarios. Pero no se limitan a esta labora, sino que ejercen un dominio ideológico sobre ellos mediante la formulación, propagandización y asimilación de un conjunto de ideas, valores y normas, que configuran sus sistema moral y su ética, tendientes a defender y afianzar su dominio y sus privilegios.

La sociedad capitalista tiene como actividad económica única la producción de mercancías y sus centros principales de actividad humana son la fábrica –entendida esta en su acepción más amplia, que incluye no solo a los establecimientos industriales sino también a todas las grandes concentraciones productivas o de servicios donde se explota mano de obra- y el mercado, que liga hasta las actividades económicas de tipo precapitalista. En estos centros, los hombres entablan forzosamente, en el proceso de producción e intercambio de mercancías, una serie de relaciones sociales, que impactan profundamente el pensamiento ético de una buena parte de la población. No cabe duda que esas condiciones materiales de vida afectan hondamente las concepciones que
los trabajadores tienen. Es hacia allí que se debe dirigir la acción ética de los sindicatos. A transformar el pensamiento de los trabajadores en virtud de mostrarles el verdadero carácter de esas condiciones de vida como también a romper la visión alienante con que perciben el mundo y sus valores.

Desde ese punto de vista, el pensamiento, ética y racionalidad capitalista no están orientados a cumplir con el propósito genérico que reivindica toda ética. El lograr el perfeccionamiento del ser humano. Así, para la burguesía, el proceso de producción de mercancías no se realiza con el fin de satisfacer las necesidades o los deseos humanos sino con el propósito de crear valores de cambio, que en su proceso de realización darán lugar a la utilidad, la cual está precedida por la extracción de plusvalía, y, finalmente, redundará en la acumulación ampliada de capital, cuya apropiación está en manos de los dueños de los medios de producción.
 
Por tanto, el sistema de valores del capitalismo no sólo tiene que exaltar esta práctica sino convertirla en regla moral. En otras palabras, lograr que la población acepte que el enriquecimiento personal está por encima de la satisfacción de las necesidades y deseos comunes. De ahí que el individualismo y la competencia tengan una raíz económica y se constituyan en la regla de oro de la ética burguesa. El dominio de las normas de conducta, valores e ideales de la clase dominante es tan fuerte, que los trabajadores aceptan, en muchos casos sin chistar, romperse el lomo para producir o hacer circular colectivamente bienes que nunca poseerán. También aceptan, con cierta envidia, el contemplar en los grandes centros comerciales una gigantesca cantidad de mercancías,
las cuales requieren urgentemente para satisfacer sus necesidades más apremiantes, pero no las pueden comprar. En la práctica el acceso a esos bienes les está prohibido, pues no ganan lo suficiente para adquirirlos.

La Cultura de la Responsabilidad

No puede haber ética sin cultura de la responsabilidad. El desarrollo de la ética de los trabajadores no sólo es un asunto teórico sino principalmente práctico. Bajo ese postulado, es evidente que la materialización de una moral propia tiene que ver en mucho con el cumplimiento del deber. En ese sentido, no debemos ver el deber como una obligación externa, que nos imponen las organizaciones y los dirigentes, sino como la asunción de un acto conciente, cuya realización nace del profundo convencimiento de la justeza y certeza de lo que estamos haciendo como constructores de una sociedad justa y de un futuro La cultura de la responsabilidad tampoco puede existir sin no hay coherencia. Es decir, no se puede construir un comportamiento ético correcto si no existe una actitud consecuente entre lo que se dice y lo que se hace. Si tenemos la actitud de construir en la praxis nuestro discurso, lo que significa que cada palabra que escribamos o pronunciemos tenga una consecuencia práctica, estaremos construyendo la cultura de la responsabilidad. En la medida en que esa cultura sea colectiva, genere mecanismos de autocensura y vergüenza en cada uno de los miembros de una organización, así como la condena pública, por no cumplir con nuestras obligaciones, adquiridas voluntaria y no forzosamente, habremos avanzado formidablemente en este campo.

Aprendamos de lo positivo de la ética kantiana, como ética del deber. Tengamos la firme intención de cumplir con las obligaciones que adquiramos con nuestra organización, tengamos esa intención voluntaria de hacerlo, no porque nos mandan o no exigen, así la exigencia y el control sean necesarios. Sintámonos satisfechos porque estamos construyendo una obra monumental, que es vital para el presente y futuro individual, de los trabajadores y de nuestro pueblo.

Nosotros somos los protagonistas de los hechos y actos que colectiva e individualmente decidimos realizar. Somos los únicos responsables por la marcha de los acontecimientos dentro de nuestra organización. La responsabilidad moral que tenemos es grande y para lograr avanzar en su cumplimiento es preciso que no inventemos excusas cuando no cumplimos. Algunas veces tenemos más afán en quedar bien que en hacer avanzar los procesos de cambio.

Cultura de la responsabilidad significa trabajar duro disfrutando creativamente de esta actividad. Es admitir que no nos las sabemos todas, cometemos errores y estamos prestos a corregirlos. Es ser concientes de que somos ignorantes en algunas materias, vacío que debemos reconocer y trabajar por superarlo. Es, además, darle su justo valor a las cosas y las personas y concitarlas a la formación, participación y construcción colectiva y es cumplir con nuestras obligaciones colectivas, ser críticos y autocríticos y desarrollar una enérgica la actividad política y de debate de las ideas, las únicas que nos conducen a una transformación estructural de las condiciones actuales de vida.

La indiferencia que tenemos frente a la suerte que corre hoy nuestra clase social sólo muestra un alto grado de inconciencia de clase, o mejor, la fuerza como la falsa conciencia ha penetrado en nuestras mentes. Por tanto, desde el punto de vista moral, nuestra clase no nos juzgara por el hecho de que seamos buenas personas, vayamos a misa, cumplamos con los diez mandamientos o guardemos los preceptos que cumple la mal llamada “gente de bien”, sino por la obra que hayamos realizado en nuestra organización. Alos individuos no se les juzga “por la propiedad formal de sus ideas morales, ni por motivos que declaran haber tenidos en un momento dado, sino por la cadena de efectos que sus pensamientos y acciones han producido en el transcurso de su vida en sociedad”18

Finalmente, construir cultura de la responsabilidad dentro de las organizaciones de los trabajadores significa que estos se apropien de sus intereses, de su conciencia de clase, de la construcción de una nueva cultura proletaria, que integre tanto su identidad de clase como la identidad nacional.

8 Humberto Vázquez García, Moral, Ética y Eticidad
Cubana, Revista Cuba Socialista, Número 39, La
Habana, Cuba, 2006
9 Humberto Vázquez García, Moral, Ética y Eticidad
Cubana, Revista Cuba Socialista, Número 39, La
Habana, Cuba, 2006

10 George Lukacs, Conciencia de Clase, Ediciones
Suramericana, Bogotá, Colombia, página 12
11 Francis Fukuyama, El Fin de la Historia y el Último
Hombre, Editorial Planeta, Barcelona, España, 1992.
12 Carlos Marx, Miseria de la Filosofía, Siglo Veintiuno
Editores, Ciudad de Méjico, Méjico, 1979, página

13 M. Zuravkov, Una Nueva Obra Sobre Ética Marxista,
Revista Voprosy Filosofii, Número 4, 1955, página 198
14 Federico Engels, Anti Dúhring, Editorial Grijalbo,
Segunda Edición, Ciudad de Méjico, Méjico, 1968,
página
15 Federico Engels, Anti Dúhring, Editorial Grijalbo,
Segunda Edición, Ciudad de Méjico, Méjico, 1968,
página
16 Vladimir Ilich Lenin,

17 Carlos Marx, El Capital, Tomo I, Fondo de Cultura
Económica, Ciudad de Méjico, Méjico, 1981

18 William Ash, Marxismo y Moral, Ediciones Era,
Ciudad de Méjico, Méjico, 1976, página 99

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