Tribunal Permanente de los Pueblos
Coca Cola. Explotacion y precarizacion de los trabajadores
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El proceso de acumulación de capital de Coca-Cola en Colombia se ha hecho sobre la base de violaciones a los derechos fundamentales de los trabajadores. Esta multinacional llegó a Colombia en el año 1942. Fue fundada por 4 industriales antioqueños en Medellín, ciudad del Noroccidente colombiano, quienes invirtieron 10.000 dólares norteamericanos en la primera planta franquiciadora de la bebida en nuestro país. Hoy la compañía tiene un activo s equivalente a 628 millones de dólares, sin haber invertido un solo dólar de su propio capital en el país. El valor de su producción en la década del noventa fue de 5.267 millones de dólares. Está aumentó en el mismo período en 1.037 millones de dólares por encima de la inflación. Sus ahorros en los costos de producción, en esos diez años, equivalieron a 118 millones de dólares. Así mismo, su ahorro en valor de la mano de obra alcanzó los 33 millones de dólares, que fueron a engrosar su ganancia bruta a costa del empleo de sus trabajadores y de su ruina. El valor creado por los trabajadores en ese mismo lapso, equivalió a 2.286 millones de dólares y su ganancia neta fue de 418 millones de dólares.
Desde 1990 hasta el año 2001, el sistema Coca Cola en Colombia multiplicó por 8 veces su patrimonio, 26 veces su activo y 1,4 veces el valor creado en sus fábricas. Redujo, además, en 2,5 veces la masa salarial de sus trabajadores, 3,5 veces el número de trabajadores con estabilidad y 3 veces el número de sindicalizados. A su vez, cada trabajador produjo en la década para Coca cola 3.5 millones de dólares, generó un valor creado de 218.000 dólares y una ganancia neta de 39.809 dólares
En fin, el sistema Coca cola logró incrementar la plusvalía absoluta, aumentando la explotación general en las fábricas por medio de la extensión efectiva de la jornada de trabajo, aboliendo en la práctica la jornada de las ocho horas de trabajo. Incremento en la plusvalía relativa al intensificar los ritmos de trabajo y al mismo tiempo, bajó su número de trabajadores. Subió el valor creado por sus obreros en las fábricas, redujo la masa salarial, disparando con ello la ganancia bruta y disparó el rendimiento bruto de la inversión y la acumulación de capital. Para ejemplificar, las empresas del sistema Coca cola en Colombia se ganaron alrededor de ochenta pesos por cada cien que invertían, en promedio en la década del noventa. Una utilidad del 80%, algo extraordinario. Esa tasa ha sido ascendente. Así, en 1990, era de 78,14% y en 1998 ya alcanzaba el 82,41%.
Por lo demás, también contrajo sus costos de circulación logrando mayores rendimientos del capital con menos inversión. Suprimió el bodegaje y los medios de transporte y reparación en las fábricas, ahorrándose con ello otra inversión, lo que se convierte en ahorro de capital tanto en costos como en mantenimiento de las edificaciones y medios de transporte. Con este ahorro se logra reducir la inversión e incrementar la tasa de ganancia al obtener la misma utilidad con menos capital.
Realiza, además, una baja inversión patrimonial y consigue altos rendimientos. Acordémonos que, por ejemplo, Postobón, la competencia de Coca Cola en Colombia, obtiene una utilidad un poco más baja que la de Coca cola, pero la obtiene con el doble del activo y del patrimonio de la segunda. Esos rendimientos son conseguidos al utilizar una buena parte del capital de los proveedores para hacer funcionar el proceso productivo. Al tener amplios plazos para pagar los costos de las materias primas –hasta 60 días- y baja inversión de capital constante, la empresa realiza su labor básicamente con capital ajeno y de él extrae gran parte de su beneficio. Por tanto, al comparar la inversión total hecha con la ganancia bruta obtenida, encontramos una altísima tasa de ganancia, producto de la utilización de este singular sistema de crédito.
Aprovecha así mismo los estímulos que da el Estado para incrementar su tasa de ganancia. Uno de ellos es reducir o eliminar los impuestos al capital -a la producción, a las utilidades, y a la exportación de capital-, otra es otorgar subsidios –de importación y exportación- y tomar medidas macroeconómicas que permitan mantener o incrementar la rentabilidad, por ejemplo, medidas de liberalización que favorecen a las compañías extranjeras, política de devaluación, de endeudamiento público para financiar al capital privado, etc. En ese sentido, Coca cola ha logrado pagar impuestos tan bajos que estos apenas llegan a equivaler al 1% de sus ventas, mientras que cualquier colombiano paga por comprar algo el 16%.
Mantiene, además, una política de créditos hacia las plantas filiales, que le permiten cobrar intereses de mercado a estas y apropiarse de esa manera de gran parte de su excedente. Para completar, se financia a través del dinero del público colombiano, emitiendo bonos en el mercado local, y de los ahorros de la población norteamericana. Es, por otra parte, acreedor del estado colombiano, pues tiene bonos yanquis en su poder. En otras palabras parte de lo que nosotros pagamos por deuda externa, va a parar a manos de empresas del sistema Coca cola.
Los trabajadores laboran por salarios de hambre en jornadas más intensas y más largas, engordando cada vez más el bolsillo de los capitalistas. Esto es lo que ha estado pasando en las empresas de Coca-Cola en Colombia. Añadámosle a ello que esa explotación es forzosa y está sustentada en una gigantesca, brutal y mortal agresión. Ha su vez, la multinacional emplea masivamente empresas cooperativas de trabajo asociado, generando una mayor explotación de los trabajadores, contrayendo abismalmente sus costos laborales, pues los obreros contratados bajo estas modalidades a duras penas ganan salario mínimo y no tienen derecho a ningún beneficio extralegal.
Los resultados de las medidas tomadas en las empresas de Coca-Cola en Colombia son elocuentes. Los salarios se redujeron en un 35% para la compañía cuando contrata trabajadores temporales; en un 60% cuando sus labores de distribución las realiza un contratista y en un 75% cuando las funciones las ejecuta un trabajador de cooperativa o de otras modalidades similares. Esa aberrante reducción salarial no opera para sus grandes ejecutivos. Por ejemplo, el vicepresidente de Panamco Colombia se ganaba, en el año 2001, la suma 36,5 millones de pesos colombianos mensuales, alrededor de 170.000 dólares anuales, mientras que un obrero que labora para la misma empresa a través de una Organización de Trabajo Asociado recibía si acaso el salario mínimo, equivalente a un ingreso anual, si laborase todo el año, de 1.300 dólares anuales. La misma realidad se torna aún más dramática cuando se observa que un obrero de Coca-Cola en Colombia con estabilidad y cobijado por la Convención Colectiva de Trabajo se gana alrededor de 1,80 dólar la hora, mientras que un obrero de una Cooperativa u Organización de Trabajo Asociado, que labora para la misma compañía percibe 0,45 dólar la hora. Si la multinacional pretendía, mediante la violencia, ostentar el pernicioso record de pagar los salarios más baratos del planeta en Colombia, a fe que lo está logrando, pues un obrero de maquila en Méjico recibe una paga de 1 dólar la hora, salario ya ampliamente superado por el trabajador de cooperativa colombiano, que recibe menos de la mitad de lo que remunera este; y un obrero chino, que gana el salario más deprimido del planeta, 0,30 dólar la hora, ya está al alcance del proletario que sirve a la transnacional en el mencionado país suramericano.
Fieles a su historia, esas políticas neoliberales diseñadas en Atlanta no fueron aplicadas por los apátridas funcionarios de Coca-Cola en Colombia dentro del marco regular y legal de las relaciones laborales, sino recurriendo a la violencia más extrema contra sus trabajadores. En el medio colombiano tal cosa no es rara, pues nuestro país ha sido ejemplo de cómo las multinacionales, la oligarquía criolla y su Estado crearon un arquetipo de uso descomunal de la fuerza para imponer su proyecto de dominación económico, político y social. Hoy, ese aberrante prototipo, ha sido escalofriantemente perfeccionado y se aplica masivamente para garantizar que el proceso de mundialización neoliberal sea exitoso. Toda forma de organización social que no sea viable al proyecto fascista, que se pretende imponer a la nación, o que resiste la andanada reaccionaria, está siendo exterminada: obreros, campesinos, estudiantes, indígenas, afro colombianos, intelectuales de izquierda y defensores de derechos humanos son asesinados por oponerse a las pretensiones de los grandes consorcios internacionales y nacionales. Los trabajadores sindicalizados son las principales víctimas de ese genocidio. En efecto, cada año, en el país, son asesinados más sindicalistas que en todo el resto del mundo. De cada tres dirigentes gremiales que mueren en el planeta, dos son colombianos. La Central Unitaria de Trabajadores de Colombia ha perdido alrededor de 4.000 de sus afiliados, desde su fundación, los cuales han sido asesinados por paramilitares u organismos de seguridad del Estado. Prácticamente todos estos crímenes han quedado en la impunidad.

