Lunes, Abril 21st, 2008...6:59 pm
La Democracia sindical
PRESENTACIÓN
Quienes defendemos el desarrollo de una verdadera democracia al interior de los sindicatos no podemos olvidar el marco económico, político y social en que se desenvuelve nuestra actividad y las implicaciones que tal situación tiene en el desarrollo de la democracia sindical en nuestro país. La mencionada situación la explicaremos detalladamente en un documento sobre este tema, que todos los lectores tendrán a mano.
Con base en las condiciones en que vivimos, dado el estado actual de las contradicciones entre el movimiento obrero colombiano y el bloque dominante en Colombia, los diversos problemas que se expresan en los sindicatos y a la presencia de las más variadas manifestaciones ideológicas y políticas en la actividad sindical, que no han logrado ofrecer salidas concretas a la crisis que viven las organizaciones sociales de los trabajadores, nosotros reivindicamos, en primer lugar, los cambios profundos e innovaciones necesarias que hay que incorporar al movimiento sindical a fin de superar la grave crisis por la que atraviesan las organizaciones que lo componen. La situación nos exige emprender su más profunda reestructuración, reconstrucción y reorganización, sin llegar a negar, en el desarrollo de ese proceso, la vigencia de los mejores valores que hemos heredado, pero si renunciando a los formidables vicios ancestralmente acampados en las diversas manifestaciones que tiene el movimiento obrero.
En segundo lugar, tenemos como postulado central profundizar la lucha inclaudicable de los trabajadores contra los patronos y sus políticas bestiales.
Rechazamos toda conciliación con su ideología y combatimos toda manifestación de esta y de la política de los patronos al interior de los sindicatos y propugnamos por la independencia de clase de las organizaciones sindicales frente al estado oligárquico y a la burguesía.
En tercer lugar, desarrollamos propuestas de solución política al problema más inmediato que enfrentamos, en este caso el financiero, con el fin de darle una guía de largo plazo a nuestra lucha. Desde esta perspectiva ligamos la lucha económica de los trabajadores a la lucha política a fin de construir los grandes cambios que necesita nuestro país. De igual manera, buscamos soluciones a la dificultosa realidad que viven los laboriosos y propugnamos por que nos involucremos dentro de la lucha general entablada por todos los sectores revolucionarios, progresistas y democráticos del país contra el establecimiento oligárquico y dependiente.
En cuarto lugar, en medio del avance del fascismo, que toma cuerpo en el bloque político uribista -compuesto por narcoparamilitares, terratenientes, financistas, grandes burócratas y agentes criollos y extranjeros de las multinacionales-,y de la virtual ocupación de nuestro país por el imperialismo norteamericano, levantamos la bandera de la transformación estructural y profunda de la realidad del país.
Las clases que conforman el bloque dominante y sus fuerzas políticas correspondientes han configurado y consolidado en Colombia una democracia representativa de papel, en medio del ejercicio de violencia más un impresionante contra la población, manifestado en el actual baño de sangre en que han hundido a la nación.
En quinto lugar, creemos en el internacionalismo de los trabajadores, en la necesidad de unificar sus luchas con el propósito de combatir la globalización imperialista, que muestra el dominio creciente del capital financiero norteamericano, europeo y japonés sobre la economía, la política y la vida social y cultural de las naciones. Ante todo, proclamamos el carácter continental y latinoamericanista de nuestra lucha especialmente hoy, cuando insurgen alternativas y resistencias por todas partes a la dominación estadounidense.
Bajo ese marco precisamos que es la democracia para los trabajadores. Antes de aclarar que significa este tipo de democracia, quienes la reivindican en su acepción más original, la de ser el poder del pueblo. También explicamos que significa para la burguesía este concepto y hasta que punto muchos de los actuales dirigentes sindicales, especialmente los patronales, se identifican con la definición reaccionaria de democracia y como la aplican en nuestras organizaciones.
LA DEMOCRACIA BURGUESA
Existen formalmente diversos tipos de democracia burguesa. Sin embargo, la más representativa de todas estas es la llamada democracia liberal. Es denominada así porqué esa palabra retoma una de las principales reivindicaciones de los teóricos del período de la ilustración europea del Siglo XVIII, cual era el ejercicio de la libertad como derecho individual, que debía ser protegido del autoritarismo impuesto por los gobiernos y Estados monárquicos, que por esa época predominaban. Las ideas liberales tomaron cuerpo en procesos revolucionarios surgidos como fruto de la inconformidad popular contra la extrema explotación y opresión desatada por los regimenes absolutistas.
Esas revoluciones fueron encabezadas por la burguesía y se desarrollaron principalmente en Estados Unidos, independizado de Inglaterra en 1776, y Francia, que hizo su revolución en 1789. En el primer país fue donde cuajó la idea de la república representativa, que fue plasmada en su constitución. Esta visión era opuesta a la de la democracia plena levantada por los revolucionarios franceses más radicales. Los ideólogos liberales creían que el gobierno estaba para servir al pueblo, concepto que usaban para designar a quienes podían participar en la determinación de los procesos políticos, y no al revés. Las leyes debían ser aplicadas a gobernantes y gobernados. En otras palabras, quienes gobernaban en nombre de la burguesía, debían obedecer a las decisiones tomadas por la clase dominante y no estar por encima de ellas, como ocurría con los déspotas que representaban a las monarquías. Era tan así, que pensaban que el derecho de votar sólo podía cobijar a la parte más culta de la población, con lo que únicamente la burguesía podía ejercerlo.
En la lucha contra las corrientes monárquicas, representadas en Europa por los absolutistas, la burguesía liberal levantó las banderas del Estado de derecho, la elaboración de constituciones nacionales, la vigencia de las leyes por encima de las tradiciones y heredades adquiridas por la nobleza y la instauración de una democracia aparentemente radicada en el pueblo, pues supuestamente era de este de donde emanaba su poder. Tales armas ideológicas, las cuales fueron, en un principio, consideradas por sus opositores como extremistas y peligrosas, amenazas a la paz y estabilidad de los países, a los valores tradicionales y al orden natural de las cosas, pronto ganaron fuerza suficiente para imponerse. Y lo hicieron porque la burguesía se tornó económica y políticamente cada vez más poderosa. Después de la desaparición de la Santa Alianza, alianza formada por los monárquicos europeos para combatir a las burguesías republicanas, las democracias liberales campearon por casi todo Occidente.
Con diversos cambios en su contenido, producto de la experiencia adquirida por la burguesía en la lucha de clases, especialmente en las confrontaciones con el proletariado, las instituciones republicanas burguesas alcanzaron a cubrir una buena parte del planeta en el siglo XX. Esa expansión fue posible gracias a la expansión del capitalismo por todo el planeta. A los países del tercer mundo les impusieron este tipo de instituciones en medio de la violenta disolución de muchas de las relaciones precapitalistas y de la forzosa modernización, que construyó una democracia donde algunos derechos para los pobres fueron incluidos, como, por ejemplo, recortados derechos sociales y políticos, pero nunca llevados a la práctica.
¿Qué caracteriza a este tipo de democracia burguesa? En primer lugar, que es una democracia representativa. Es decir, un pequeño grupo de políticos, a quienes se les confiere una autoridad delegada, son elegidos, mediante el sufragio limitado, para hacer parte de la dirección de las instituciones burguesas, o sea, del Estado y gobierno que ha impuesto la clase dominante en representación supuesta de todo el pueblo. Ese tipo de democracia, que es presentada como la más avanzada del mundo y de la historia humana, encubre que es restringida, primero, porque la representatividad se reduce a los votantes que toman parte en el proceso electoral, que en nuestro caso siempre ha sido inferior al 50% de los electores, segundo, porque es necesario registrarse para poder votar y, tercero, porque habitualmente esa elección se hace para perpetuar lo existente, restringe cualquier voluntad de cambio profundo que quiera hacer el pueblo, que es supuestamente el sujeto de donde emana la voluntad de poder, pues cualquier cambio está atado al ordenamiento jurídico vigente, estado de derecho, que ha sido organizado y consignado en leyes hechas por la burguesía para favorecerse así misma.
Las elecciones esconden el carácter excluyente, antidemocrático y dictatorial de la democracia burguesa y de todo el aparato político y estatal que le es afín. La clase dominante monta una farsa donde hay elecciones amañadas y fraudulentas, que son ganadas por los de siempre, lo que permite a la oligarquía perpetuarse en el poder.
¿En que consiste la representatividad de la democracia burguesa? En esencia consiste en que “a los oprimidos se les autoriza para decidir una vez cada varios años ¡que miembros de la clase opresora han de representarlos y aplastarlos en el parlamento!1, en el ejecutivo y en el poder judicial.
En otras palabras, los representantes de la burguesía pueden decidir tanto en el poder ejecutivo como en el legislativo y el judicial a su favor en nombre del pueblo. La gente se limita a elegir a sus verdugos. Después de hacer tal ejercicio, que generalmente es manipulado, su poder se esfuma, pues son los elegidos los que toman todas las decisiones que ha bien convengan a quienes les han patrocinado sus campañas políticas. Corrientemente los candidatos de los partidos burgueses son financiados por los miembros de las clases dominantes.
1 Vladimir Lenin, El Estado y la Revolución, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, China, 1974, página 108.
En las instituciones burguesas convergen y se encuentran las clases dominantes y sus representantes políticos. Por ejemplo, en el caso colombiano, quienes ejercen el poder son miembros de la burguesía burocrática, una fracción de la oligarquía la cual se ha especializado en acumular capital a costa de erario público. Castas enteras, existentes desde hace muchos años, se han turnado generación tras generación en los cargos principales del Estado oligárquico y dependiente, saqueándolo y haciendo inmensas fortunas a través del robo y la corrupción.
En segundo lugar, la toma de decisiones dentro de este tipo de Estado se encuentra regulada por el llamado “Estado de Derecho”, referenciado en una constitución política, la cual enfatiza la existencia de ciertos derechos individuales y colectivos, que generalmente solo existen en el papel, pues en la realidad no se aplican. Tan sólo son admisibles aquellos que son funcionales a la defensa de la propiedad privada, piedra de toque angular de toda democracia burguesa y del Estado burgués.
Según la teoría del estado de derecho la autoridad gubernamental se debe guiar por leyes escritas, adoptadas a través de procedimientos previamente establecidos. Basta eso para tener toda la legalidad y legitimidad del caso, lo que valida todas las arbitrariedades cometidas por el Estado burgués.
La concepción del estado de derecho se fundamenta en la separación de poderes, tal como lo concibió Montesquieu en los tiempos de la revolución francesa. Las funciones legislativa, ejecutiva y judicial son asumidas por entes diferentes, que están separados en sus orbitas de acción pero mantienen una unidad de cuerpo cerrada alrededor de los principios fundamentales que preconiza la burguesía tales como la defensa de la propiedad privada y de la economía de mercado, la perpetuidad de la institucionalidad liberal, lo que garantiza la permanencia de la hegemonía burguesa y el mantenimiento del proceso de acumulación ampliada de capital, la intocabilidad del sistema de leyes, que presupone la validez natural del estado de derecho, y la ratificación de la vigencia de la democracia liberal.
Sin embargo, esa separación es formal ya que quienes eligen a los jueces son funcionarios a su vez elegidos por los gobiernos de turno, por los legisladores o por los partidos políticos que tienen el poder. En conclusión, los partidos políticos burgueses controlan los tres poderes y a pesar de que esos poderes están legalmente separados, suelen unirse no sólo en sus propósitos generales sino también en su raíz política, pues todos sus altos funcionarios pertenecen a uno o dos partidos políticos oligárquicos que controlan el poder.
De esa manera, el estado de derecho es tan sólo una formalidad. El parlamento, que es el que se encarga de hacer o cambiar las leyes que regulan precisamente el estado de derecho, puede modificar a su antojo cualquier ley que haya sido conquistada por el pueblo o aquellas que hayan quedado obsoletas y que ya no sirvan a los propósitos de la oligarquía. Así, cuando las clases dominantes pasan apuros declaran los estados de excepción, suprimen la vigencia de los derechos individuales y colectivos, hacen contrarreformas que eliminan las conquistas de los trabajadores y la población e impulsan nuevas legislaciones cada vez más draconianas tanto en el campo económico como en el político. Todo eso se hace desde los parlamentos y con la anuencia del poder ejecutivo y judicial. He ahí el verdadero carácter del estado de derecho. Ese carácter es una radiografía de lo que ha pasado en Colombia, para no ir muy lejos, en los últimos veinte años.
En tercer lugar, suele reivindicar la democracia liberal la tolerancia y el pluralismo, cuya manifestación más palpable, invocada por sus defensores, es la posibilidad del ejercicio político libre de las diversas ideas sociales y políticas. Incluso recalcan, que hasta las más extremas pueden hacer uso de esa libertad y competir por hacerse al poder político. Esta es una mentira del tamaño de una catedral. Por ejemplo, en Colombia la burguesía ha mantenido una parodia formal de democracia durante casi doscientos años. En ese transcurrir ha desatado 25 guerras civiles contra el pueblo, ha perseguido y aniquilado a sus contradictores; en la historia reciente aniquiló la dirección de la guerrilla del llano en los años cincuenta, borró del mapa político nacional a la Unión Patriótica en los años ochenta mediante un genocidio, casi ha hecho extinguir a punta de bala a los sindicatos en los últimos veinte años y actualmente persigue con saña, a través de los organismos de seguridad del Estado oligárquico y los paramilitares, a la oposición del Polo Democrático Alternativo.
En cuarto lugar, las democracias liberales periódicamente celebran elecciones donde los distintos grupos políticos que representan a la burguesía tienen la oportunidad de alcanzar el poder. Hasta ahora, si exceptuamos los gobiernos presentes de Venezuela y Bolivia, casi todas las elecciones en el mundo occidental las han ganado las organizaciones políticas que defienden la misma democracia liberal, perpetuando así el mismo sistema. Y afirmamos, casi, porque al menos en América Latina, en el pasado, han triunfado en elecciones, alcanzando el gobierno, organizaciones políticas, las cuales no han obedecido los designios de las oligarquías locales y de los gringos. Por ello, han corrido una triste suerte. Tal es el caso de los gobiernos de Marmaduke Grove, en la década del treinta del siglo pasado, el cual duró apenas 33 días, y Salvador Allende, a principios de los años setenta, quien fue asesinado en el famosos cruento golpe de estado de Nixon, Kissinger y Pinochet, en Chile; Jacobo Arbenz en Guatemala, derrocado en 1956 por mercenarios de la CIA; Getulio Vargas en Brasil, quien terminó suicidándose a principios de los años sesenta; Juan Bosch en República Dominicana, derrocado por mariners norteamericanos en 1965 y Juan José Torres en Bolivia, derrocado a principios de los años setenta. Estos son los casos más relevantes de cómo la democracia liberal garantiza el libre ejercicio del sufragio y el poder a sus opositores.
Pero es más, la democracia liberal está sustentada en un Estado liberal, que hoy se denomina neoliberal, el cual tiene como única misión garantizar el uso de la fuerza de los de arriba contra los de abajo, a fin de mantener la hegemonía de la clase dominante, y crear un clima económico que garantice la “libertad de mercado”, mediante la aplicación de políticas macroeconómicas ampliamente favorables a los dueños del gran capital. Desde Adam Smith, el principal teórico del liberalismo económico, se ha equiparado la libertad de mercado, la no intervención del Estado burgués en la economía, con la existencia de la democracia liberal y del Estado liberal.
En resumen, el objetivo de la democracia liberal es mantener indefinidamente la vigencia de la económica capitalista y garantizar la perpetuación de la dominación burguesa. Bajo ese criterio, las fuerzas políticas que tercian por asumir la administración del estado burgués, predican la legitimidad fundamental del Estado reaccionario y la validez absoluta del proceso democrático impuesto por la oligarquía.
La hegemonía del poder burgués es mantenida mediante una política de seguridad, justicia y orden público dirigido a establecer un orden que tiene como fundamento mantener a raya cualquier oposición de los de abajo, controlar la criminalidad del lumpen y regular las relaciones entre las diversas clases sociales y entre las distintas facciones que componen el bloque dominante. Son las leyes las que establecen estas regulaciones necesarias, que se van modificando en la medida en que la burguesía va necesitando apretar o aflojar las clavijas a la población.
La represión social, política y cultural contra los de abajo es una constante en la democracia burguesa. En otras palabras, esta democracia es para los de arriba mientras a los de abajo se les ofrece dictadura. Pues bien, la conclusión que nos puede arrojar la vida practica es que no puede haber democracia sin dictadura. Mientras hay libertad para actuar para unos hay restricciones y represión para otros. Por eso existe, dentro de la sociedad capitalista, aunque no es exclusivo de ella, un destacamento especial de hombres armados al servicio de las clases dominantes –ejercito, policía, armada, marina y servicios secretos- y una serie de instituciones coercitivas y represivas, como son las cárceles.
La experiencia nos dice que la democracia burguesa, conocida como democracia liberal, al menos en el caso colombiano, se caracteriza por su barbarie, su carácter excluyente de las mayorías, es gamonalistica, clientelista, elitista y su expresión es puramente formal.
Es, por tanto, una democracia limitada y atada a los intereses de las clases dominantes actuales. Hay democracia hasta que sus negocios y su permanencia en el poder son amenazados. Cuando la oligarquía entra en crisis los más leves asomos de democracia se suprimen. Impone, entonces, su dominio, su hegemonía violenta sobre las demás capas de la sociedad, que es ejecutada por los cuerpos represivos de su Estado.
Por lo demás, este tipo de democracia reconoce formalmente los derechos individuales y colectivos de las mayorías, pero los atropella permanentemente. En realidad, se limita a plantear el problema de los derechos como fenómenos abstractos que no tienen representatividad en la realidad. Por ejemplo, los derechos consagrados en las constituciones burguesas solo pueden ser ejercidos por quienes tienen el poder o los medios económicos para alcanzarlos, de tal manera que en este tipo de sociedad, en la practica, los derechos son únicamente para los de arriba.
La oligarquía nos ha vendido la idea de que los derechos no son una conquista histórica sino una dadiva de los ricos. Esos derechos nos los pueden entregar a su amaño, cuando les plazca. De esa manera, para acceder a los más elementales de ellos, la población debe arrodillarse ante el gamonal y obedecer ciegamente todos sus designios, quedando sometidos, para tener acceso a un mínimo de salud, de educación o de derechos sociales –no mencionamos los otros derechos porque en nuestro país estos son inexistentes para las mayorías-, a la voluntad absoluta de los patronos.
Entendemos que la parodia de democracia que nos vende la oligarquía colombiana, la cual ha estado históricamente acompañada de una brutal violencia genocida, no es precisamente la democracia que queremos. El concepto burgués de democracia aplicado en Colombia ha generado automarginación, imposibilidad de organizarse, temor a la participación política y social y una despolitización creciente. Por ello no debemos repetir esa visión y practica, que es profundamente antidemocrática.
No mencionaríamos este tipo de democracia, la democracia burguesa, sino se pareciera, de alguna manera, a la que se ejerce en muchos sindicatos. Esa caricatura de democracia toma cuerpo dentro de nosotros cuando el ejercicio democrático es formal, representativo y excluyente a la vez, gamonalistico, clientelista y, en muchos casos, corrupto.
LA ANTIDEMOCRACIA EN LOS SINDICATOS
No es posible seguir invirtiendo los valores democráticos en los sindicatos. No se puede permitir más la predica de una especie de antilógica de Rousseau, que pretende la existencia de una especie de contrato social entre la base trabajadora y sus jefes sindicales por medio del cual estipulan ambas partes que una se obliga perpetuamente a mandar mientras la otra se limita eternamente a obedecer.
Tomemos una a una las características de la llamada democracia liberal, que es la misma democracia burguesa, y veamos como se manifiesta en los sindicatos.
Miremos porqué es excluyente la democracia imperante en casi todas las organizaciones sindicales. Y es excluyente porque las bases tienen desde hace
mucho tiempo en las organizaciones sociales un papel pasivo. La mayoría de los dirigentes las convocan a votar por ellos y pare de contar. Además, las bases no tienen ni la conciencia ni la preparación para tomar decisiones. Tampoco existen mecanismos de participación, que permita el ejercicio real de la democracia. Por todas las anteriores razones, la democracia que se practica en casi todos los sindicatos es excluyente.
Analicemos hasta dónde esta democracia es representativa y de qué estado de cosas es representativa. La única muestra de democracia formal, en este caso, se evidencia en la realización de elecciones. Esas elecciones no están precedidas de un proceso anterior de discusión con las bases; habitualmente hay ausencia de propuestas y no el ejercicio electoral no contribuye al desarrollo de política alguna que favorezca a los trabajadores. El aparente apoliticismo campea en esta democracia y es promovido para evitar que los trabajadores piensen, luchen contra los patronos, se propongan participar en las necesarias transformaciones estructurales y se deshagan a sus jefecillos.
Este tipo de elecciones rondan alrededor de personajes aviesos, quienes históricamente han controlado el pequeño poder existente en los sindicatos.
Impiden, ante todo, cualquier cambio tanto político como democrático y pretenden perpetuarse en la dirección de estas organizaciones a través de promesas, favores y uso discrecional de los recursos colectivos, cuya repartija les posibilita conformar una frondosa clientela, la cual les sigue ciegamente.
Otra de las características de la democracia impuesta por los dirigentes sindicales, que se constituyen en gamonales, es la de negar la de soberanía que tienen los trabajadores para tomar las decisiones dentro del sindicato. Así, esta concepción elimina el poder de las bases para tomar las decisiones que más convenga a su clase social y no a los individuos que manipulan y engañan a un buen número de trabajadores. Estos, generalmente, dicen favorecer los intereses de todos, pero en realidad solo protegen los intereses propios y de sus amigos en la medida en que logran lucrarse enormemente, no laborar durante muchos años y hacer acuerdos con los patronos a fin de asegurar sus objetivos.
Niegan también la construcción de una conciencia proletaria, critica, de los trabajadores. Hacen todo lo posible por mantenerlos en la ignorancia política, lo que les posibilitan su control y la reproducción indefinida de esa peculiar visión de democracia representativa, de la cual ellos son campeones. A las bases se les encasilla en pequeños grupos, fruto de las simpatías personales que resultan del ejercicio del gamonalismo, o se les adocena con recursos, regalos y presentes que parecieran ser otorgados por la magnanimidad de los dirigentes antidemocráticos, pero que en realidad provienen de los recursos colectivos.
Como el filosofo inglés John Locke, piensan que los derechos de la mayoría se deben limitar, quedar a merced del dirigente, quien los debe disciplinar y controlar, logrando, finalmente, conculcarlos.
Ejercen ampliamente el gamonalismo. Tal práctica se caracteriza por su cortejo de prebendas y de lacayísmo, que crea un caldo de cultivo para los aprovechados y conformistas y atrapar en sus redes a las bases ignorantes. Los gamonales sindicales fomentan la apatía en la participación en la organización, acaban con las motivaciones internas que tienen los individuos para participar, provocan la confusión política a fin de que el colectivo no aclare sus dudas, preguntas o inquietudes y confié únicamente en el aparente buen juicio del dirigente. Promueven el inmovilismo y la falta de disposición de las bases para realizar tareas. Su política se basa en mantener una montonera controlada, sin que pueda salirse del redil.
LA DEMOCRACIA SINDICAL QUE QUEREMOS
La democracia es una gran escuela, que nos permita conocer, reconocer, reflexionar, identificar y construir espacios de poder de manera conciente y
comprometida. Un ejercicio real de la democracia nos eleva de actores pasivos a activos en las diferentes funciones que debamos cumplir.
La democracia sindical exige estudio y preparación para poder tomar decisiones concientes. La formación de la base es uno de los factores fundamentales para el desarrollo de la condición individual y social y para llevar a la práctica una forma de democracia directa.
La llamada democracia representativa hace honor al precepto de la no participación. Ésta sólo permite a lo trabajadores elegir a sus dirigentes, pero no participar en la toma de decisiones ni poseer espacios de participación permanentes. Esa participación es francamente simbólica. Por ello, es necesario construir los comités de base como referentes de trabajo, participación y decisión democrática. Es preciso dar el paso hacia la participación directa de los trabajadores en la planeación de su futuro y en el manejo idóneo de sus recursos, dando forma a la construcción de su propio poder.
La democracia consiste en participar en la discusión, la toma, la ejecución y la evaluación de las decisiones y no en definir y mantenerse al margen de la materialización de las orientaciones. El estilo de mandar u ordenar ejecutarlas y posar con los resultados, cuando no se ha hecho el más mínimo esfuerzo por realizarlas y son otro los que trabajan, es parte del típico estilo burocrático.
Los procedimientos correctos en la toma de decisiones en la democracia sindical consisten en discutir, consultar con las bases, prepararlas para que tomen las decisiones que más les convengan y evaluar con ellas, enmarcando el aprendizaje que hemos adquirido en la praxis. La democracia no consiste en hacer el ejercicio formal o en tratar de colocar el poder decisorio en pocas manos para favorecer los intereses individuales o los de una casta burocrática minoritaria, perjudicando así el interés y el desarrollo de la mayoría, excluyéndola a perpetuidad de la construcción de su propia conciencia, consecuencialmente de la posibilidad de tomar decisiones y de participar en su ejecución.
Hay que trabajar en los sindicatos por establecer relaciones más horizontales, donde los asociados sean respetados, tengan poder y participen en la edificación de los proyectos de acuerdo con sus posibilidades y sus aportes. La democracia que perseguimos tiene que propiciar la inclusión plena de todos nuestros asociados y debe estar libre de toda clase de maniobras burocráticas y clientelistas.
Los miembros del colectivo sindical cultivan realmente la democracia sindical cuando participan en la toma de decisiones, tienen espacios para su expresión y se cumplen y respetan sus derechos. La verdadera democracia se construye con igualdad de oportunidades, bienestar y desarrollo para todas las personas. EL desarrollo de una autentica democracia sindical tropieza con viejas prácticas enquistadas históricamente en nuestras organizaciones como la corrupción, el burocratismo y el clientelismo, encabezadas por dirigentes manipuladores. Esas manifestaciones van en contra de la conveniencia de los trabajadores, quienes luchan por erigirse en los verdaderos protagonistas y conductores, y hay que combatirla.
Algunos compañeros se escudan en estas viejas prácticas por comodidad, intereses personales o por querer seguir ejerciendo el papel de tutores del colectivo. No han entendido que la verticalidad del poder cambió y ahora vamos en una vía que se fundamenta en la construcción del ejercicio directo del poder de las bases. Los dirigentes están para dirigir el proceso más no para ser el todo en él. Hay que abogar por una profundización en la democracia deliberativa, participativa y protagónica, una democracia desde abajo donde también se desarrollen un conjunto de ideas elaboradas por amplios sectores sociales.
La democracia no sólo es el sometimiento de la minoría a la mayoría. También es el ejercicio del pluralismo. Debe existir una política pluralista que le permita participar a diferentes sectores. La democracia sindical, en las organizaciones donde la mayoría de los trabajadores han adquirido conciencia de sus intereses y de sus aspiraciones históricas, tiene un límite el cual es la defensa de los trabajadores, por tanto para quienes optan por impulsar las políticas patronales no debe haber libertad para actuar a nuestro interior. Pluralismo en la democracia sindical significa acción unitaria, legitimando matices y diferencias, y unidad en la diversidad.
BIBLIOGRAFÍA
Amartya Sen, 1999. “La democracia como valor universal”. Journal of Democracy, 10.3, 3-17. Johns Hopkins University Press.
Bruce Bueno de Mesquita, George W. Downs “Desarrollo y Democracia”, Foreign Affairs, Septiembre/Octubre 2005.
Carnegie Council “La ventaja de la democracia: Cómo las democracias promueven la prosperidad y la paz”.
Carnegie Council, La ventaja de la democracia: Cómo las democracias promueven la prosperidad y la paz.
Joseph T. Single, Michael M. Weinstein, Morton H. Halperin, “Por qué las democracias sobresalen”, Foreign Affairs, Septiembre/Octubre 2004.
Lundström Susanna, “Los efectos de la democracia en diferentes categorías de la libertad económica”, 2006.
MacKinnon, Catherine. “Feminismo, marxismo, método y Estado: hacia una teoría del derecho feminista” en “Critica Jurídica”. Bogota: Ediciones Uniandes, 2005,
Clase de Teoría General del Estado, Universidad de los Andes Nicolas Bergren “Los beneficios de la libertad económica: un sondeo”, 2002.
W. Ken Farr, Richard A. Lord, J. Larry Wolfenbarger, “Libertad económica y política y progreso económico: un análisis causal”, 1998. Cato Journal, Vol 18, No 2.
Dejar una respuesta
Debes estar logged in